Parecía que nunca llegaban los ¨diecis¨, parecía que siempre serías pequeña, y parecía que nunca sería yo vieja. Porque en realidad todo es parecer, todo es fugaz y nada permanece, sólo parece.
Parece ayer mismo esa noche calurosa en la que llegaste, con tu cabecita pelona y tus ojos bien abiertos, buscando a quienes te esperábamos, que no éramos muchos.
Te encontrabas bien, tranquila, protegida, muy querida, muy esperada…
Y, en cambio, ahora mismo, parece que no estás muy cómoda en tus dieciséis. O me lo parece a mí, ojalá sea eso…
Cómo me acuerdo de los míos, de mis dieciséis, queriendo disimular siempre el maldito acné que tanto costaba tapar con los malditos polvos, que no tapaban nada, incluso realzaban.
Si tuviera que ser ahora, Elena, como dejaría de sufrir por los granos, por los pelos, por y por…, y sólo disfrutaría de mis buenas cosas: mis ojos que lo captan todo al primer golpe de vista, mi inteligencia, mi simpatía, mi ingenio…, es decir tus ojos, tu talento…, todo eso de lo que andas sobrada.
Si los que ya hemos vivido todas las tontunas castradoras pudiéramos hacer ver a los que vienen detrás lo poco que importan, avanzaríamos hasta el infinito y más, pero, no, cada uno tiene que hacer el mismo trayecto y al final llegar a las mismas conclusiones.
Elena, despega, suéltate el pelo y sécalo al aire cada mañana, avanza y no dejes que amarras absurdas te anclen en dique seco.
Tu foto con disfraz, tu foto engalanada, tu otra Elena, pero siempre la mejor.
¡FELICES DIECISÉIS!


Así veo yo, ahora, tantas cosas de esa vida que en cada período tiene un sitio para contemplarla.








