Nov

20

Diez Negritos

Llegaron hace unos meses. Están a mi vista, a unos diez metros. Se asoman a la terraza de un piso vecino, alquilado, pequeño, como de tres habitaciones no muy grandes. Antiguo, tan antiguo como la necesidad del hombre de buscarse la mejor vida. Sin calefacción, sin comodidades, sin cariño. Todos son negros, de color de chocolate, y por lo menos diez. Desde aquí veo brillar sus ojos enormes, brillantes, asustados, interrogadores…

 

Y te nacen esas ganas de entender su lengua, de que te cuenten qué buscan, qué han dejado allí, qué necesitan, por qué lloran.

 

Su terraza estrechita es Macondo, allí podrías encontrar todo y todo desechable. Es un lugar caliente y frío a la vez, cenagoso, fuera del tiempo, miserable y lleno de historias fantásticas.

 

Realismo mágico en definitiva…

Jun

8

Elena DOCE

Brava, luchadora, libre, rompedora, fuerte, deportista, cariñosa, viajera, divertida, inquieta, curiosa…, y eso sí, siempre despeinada…

 

Pero, sobre todo, eres lectora y escritora. De cada ciudad que visitamos conocemos su biblioteca, sus librerías

 

Así te veo a tus doce, pero no pierdo la esperanza de verte, aunque sea un poquito, bien peinada, bien arreglada…

 

Es un sueño recurrente de cualquier abuela.

 

Tus sueños de futbolista quizás se alarguen. Lucha por tu sueño.

 

La vida es siempre búsqueda, y tú, que buscas sin descanso en los libros, encontrarás muchas cosas, porque en los libros está todo y más.

 

Así eres, así te veo a tus doce, y te quisiera ver como en la foto, fuertemente apoyada en tus raíces, esas raíces que por circunstancias hay que cuidar mucho.

 

Felicidades, Elena De Los Misterios, en tu docena de años muy bien aprovechados.

Abr

17

Álvaro Catorce

Me temo que tus catorce van a pasar metidos en tu silencio, en tu agitada vida interior, donde no paras de plantearte las emociones contradictorias, las situaciones que ves de “injusticia”, el alejamiento, (temporal, espero), de los que, hasta ahora, eran tu baluarte, tu referencia, tu seguridad, tu alegría…

 

Todo eso está dentro de lo normal, Álvaro, y en lo normal seguirías si, al salir de la “edad de la ira”, de la edad de los descubrimientos, recobraras, para unir a lo nuevo descubierto, tus afectos, tus bonitos recuerdos y las raíces que te fijan a lo mejor en tu vida.

 

Todos los que te rodeamos, los que más te queremos, tenemos puestos los ojos en ese retorno a la tranquilidad que supone terminar de cruzar el puente, sin que el puente se rompa y te arroje al vacío.

 

Da igual que converses poco, yo te adivino, te veo, equilibrado, consciente de tu momento, rebelde en su justa medida, respetuoso y reacio a mostrar afectos. Me da igual, siempre tendrás en mí un refugio para tus zozobras y una aliada fiel, siempre dispuesta a comprenderte, escucharte y echarte una mano.

 

Ahí dejo tus fotos, una alargándote para ser tan alto como la Giralda, otra, como en una nube roja, en la que se mueven ahora tus emociones…

 

Felices Catorce

 

Nunca saldremos de esto. Será una nueva forma de morir: en masa, enmascarados, solos, desconcertados, a cualquier edad, mirando al mundo, sospechando del vecino, con mucho miedo, por video conferencia…

 

¿Quién quedará para enterrar al siguiente?

Elena lectora. Elena escritora. Elena inventora de palabras. Elena buena conversadora. Simpática. Brillante en matemáticas. Deportista. Así eres a los once.

 

Algún día, cuando la tranquilidad te haga echar mano de tus recuerdos, verás y sentirás esos días que, de niña, te pasabas leyendo, como los momentos más bonitos y gratificantes de tu vida. A mí, lectora como tú, me pasa. Y en el paquete de esos recuerdos tendrás los sabores y los olores de la cocina de abuela, de su jabón, de sus toallas que tanto te gustan. Sin duda, los olores nos hacen revivir con nitidez momentos placenteros como si estuvieran ahí mismo.

 

Es algo que se queda en nuestro recuerdo: aquel olor a cocido, a lentejas, a tomate frito con infinita paciencia.

Aquel sabor de las natillas, amarillitas, coronadas por la eterna galleta maría…

 

Mi inventora de palabras: mejorita.

La he incorporado a mi vocabulario porque me parece brillante. Como tú, resplandeciente incluso

 

Ojalá, Elena, que nunca un cumpleaños tuyo se vea enturbiado por ningún acontecimiento negativo que nos impida la alegría…

 

Felices ONCE

 

Elena, ha sido magia. Hemos pasado por tus diez, sin enterarnos, hundidos en la pandemia, pensando que con tanta pena ni se cumplían años, que era un año fantasma, tocado por una maldita varita mágica.

 

Pero no, ahí estás tú con otra varita de las buenas recordando que tú ese año creciste, aprendiste y te hiciste más mágica.

 

Felicidades 2020, año especial, año de olvidos, pero nunca perdido para ti…

Nos han robado un año, Álvaro…

Un año tan importante para ti. Un año en el que has dado un gran salto. De tu colegio, al instituto. De tu infancia, a tu preadolescencia. De tu mirada franca, a tu mirada un poco huidiza, de aquel que teme algo. De tus juegos, a tus inquietudes. De tu plena confianza, a tu naciente desconfianza, a tus dudas. De tu carita infantil, a tus rasgos de muchacho que empieza a cambiar.

 

Este cumpleaños seguirá siendo como el anterior, sin abrazos de abuelos y, como te decía el año pasado, los abrazos de abuelos son escasos porque el transcurrir del tiempo los corta. Y son estos abrazos, estos besos, de los que ya nunca nadie te dará: los más generosos, los más desinteresados, los que llevan un cariño que no tiene parangón, los más de todo…

 

El virus ha hecho que este año, este cumpleaños, lleve otra vez, para nosotros, incertidumbre, tristeza, pesimismo…

 

Porque el cariño requiere cercanía y eso es lo que nos falta.

 

Un añito más, que creces, que avanzas, que aprendes. Ya tu entorno te ha dado armas suficientes para librar la dura batalla que empiezas “contra” la adolescencia. A ver si sales victorioso y reforzado en los infinitos valores que tienes.

 

Abuela, siempre, al tanto de lo que tú puedas necesitar: un consejo, un regalo, o unas buenas lentejas…

 

Tus trece siempre los recordaremos como el año del virus y como el año en el que se

terminó

 

Jamás, nunca, en la vida, hubiera pensado que un año de mi existencia  hubiera transcurrido así.

 

Me asaltaban ideas de terribles guerras mundiales, atentados terroristas, tsunamis imposibles…, calamidades varias. Pero, ¿quién paseó por su imaginación más trágica un episodio de pandemia…?

 

Se paró la vida, la vida humana, claro, las otras vidas resplandecieron. Las plantas crecían de forma asombrosa, los animales acercaron sus hocicos a las ciudades sin molestia alguna, la atmósfera se iluminó, mientras las personas paseábamos por el interior de las casas, hacíamos pan en nuestros hornos y aprendíamos a ajustarnos una mascarilla.

 

Enmudecieron los fuegos artificiales y las fiestas, las tertulias en las terrazas, los encuentros en las calles, los agobios de los aeropuertos, los patios de los colegios, las charlas en los portales. Todo era silencio, pero el peor de los silencios era el que se aposento en las cabezas, el que extrañaba los abrazos y la cercanía de los niños, el del miedo a ser derribado por un enemigo al que ni siquiera podías ver.

 

Y así ha pasado un año, esperando sin ninguna certeza, y así va a pasar otro con alguna esperanza y mucha frustración…

Muy lejana queda su figura de mi memoria, pero lo poco que recuerdo sí que es nítido y muy vivo:

 

Figura típica de mujer vieja castellana. Toda vestida de negro, como correspondía a una mujer que había enviudado. Así la conocí yo, viuda y distante, muy pulcra, de mirada inteligente, escasa en palabras, con su moño canoso hecho con esmero cada amanecida, y con un punto de altivez que impedía que los biznietos nos acercásemos a ella a buscar cariños o chocolates. Recuerdo siempre que mi madre me contaba como su abuela compraba unos riquísimos bollos, que vendía “la tía bollera” de un pueblo vecino y los escondía en un arcón, bajo llave, al más puro estilo Lazarillo de Tormes.

 

Ella vivía en casa de mi abuela, pero transitaba por la casa como una sombra, poderosa, eso sí, pero no muy querida. Mi abuela la rehuía, y nunca hablaba de ella. Mujer fuerte debió de ser, yo no la recuerdo enferma, y murió sola, sin enfermar, sin dar trabajo a nadie, recostada en su propio egoísmo…

 

No obstante, yo siempre he pensado que detrás de esta historia, de esta mujer, de esa figura enigmática, debía esconderse algo que me hubiera gustado conocer y que no estaba al alcance de mis ocho o nueve años.

 

 

 

Siempre pensaba en las cosas malas que podrían caerme encima a lo largo de la vida. Y se me ocurrían muchas: terremotos, ahogamientos, enfermedades…, pero jamás hubiera cabido en mi cabeza la palabra pandemia, es decir, es que para mí no existía. La epidemia era lo mas familiar: de gripe, de sida, de cólera…, de cosas cercanas o lejanas, pero manejables.

 

Esta amenaza es algo sobrevolando permanentemente sobre tu cabeza, invisible, intangible, imposible. Esta amenaza te hace andar todo el día en tensión, cavilando, esquivando, sufriendo, añorando y pensando que en cualquier momento pasas a ser parte de las posesiones del virus y hasta ahí llegó tu historia.