Un tonto a las tres
Al final he comprendido de donde viene la frase. En mi pueblo para referirse a alguien que es, eso, un poco tonto, se dice: es un tonto a las tres. Supongo que en mi pueblo y en más pueblos. Pues bien, a base de estar sentada muchos días, cómodamente, delante de la tele, esperando los informativos que nos ponen al tanto, hoy me ha venido la luz. Justo a las tres aparece el tonto. Hoy tocaba éste, hay que decirlo, uno de los más tontos, pero los hay de todos los calibres: tontos nacionalistas, tontos de la economía, tontos de los deportes, tontos del espectáculo, tontos de las finanzas, estos son los menos tontos, y, por qué no decirlo, tontos de los cojones. Y curiosamente todos estamos ahí, mirándolos, porque ellos manejan lo importante, lo que nos afecta, lo que nos puede cambiar el rumbo. Este es otro de los grandes misterios de la vida. Son nuestros tontos, nuestros importantes tontos y, eso sí, son muy diversos, pero todos tienen en común que son tontos a las tres.
Sin darte cuenta, así se pasa un año, sin darte cuenta de nada salvo de que tú crecías, Álvaro. Se ve cada día, ya llegas a los interruptores de la luz, ya subes escalones sin arrastrarte, ya haces frases graciosas, ya sabes muy bien que tú eres el centro de todo y coqueteas con nosotros, haces valer tus poderes. Tienes la mirada limpia, los ojos escrutadores, dispuestos a aprender cada cosa que se te cruza, pero si hay algo que irradias es felicidad y cariño. Eres un niño feliz, dispuesto siempre a dar porque, desde luego te sobra de todo. Ya empiezas a ir deprisa. Ya das pedales. Tu vida se va complicando, te pedimos mucho: que nos cantes, que nos cuentes, que aprendas, que nos quieras, que nos sonrías. Puedes con todo. Felicidades, Álvaro, por tus dos años de reinado.