LA

Es en una de las cosas en las que se advierte avance. Aquel día que suprimimos el la nos sentimos supermodernos. Como si nos quitáramos el pelo de la dehesa Mis amigas eran la Mary Carmen, la Sole, la Beatriz…Quitamos el artículo y dimos esplendor a los nombres. Ya éramos como los de Madrid. Al principio nos costaba decirlo, nos sentíamos muy finos, excesivamente finos, pero duró poco, enseguida lo asumimos y lo incorporamos al habla pueblerino. Eso pasó en los sesenta, cuando estábamos inventando todo, cuando por delante sólo veíamos grandes expectativas. Pero fíjate que ahora, en ese afán que tenemos por recuperar aperos de labranza, cachivaches de cocina de leña, palabras en desuso y viejas costumbres que nos parecen baluartes, pues estamos recuperando el “la”, pero ya con esa suficiencia que nos da saber que es ¿incorrecto? pero que hemos decidido usarlo porque es como adornar y hacer más exclusivo ese nombre que queremos hacer tan cercano.

 

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Andar

Andar, esa es la cuestión. Toda España se ha echado a los caminos. Raro es el pueblecito que no tiene un paseo recientemente trazado por un amable alcalde, por el que la gente pueda ir dejando su colesterol. Los cardiólogos nos han puesto a andar, de tal manera que, si tú no lo haces, cada noche te acostarás con el mismo remordimiento de conciencia que nos carcomía cuando, de pequeños, el cura  nos atormentaba con el cumplimiento de los diez mandamientos, que la verdad, es que eran muchos, si al menos hubieran sido cinco…

Ahora, en cambio,  tenemos sólo uno: no engordarás, pero es mucho más difícil de cumplir. Con el cumplimiento de los diez no había problemas, si tú transgredías la ley, pues a confesar, unos padrenuestros y vuelta a empezar, pero ahora, si incumples este mandato universal al que estamos sometidos y esclavizados ¿a quién le pides que te perdone? Estamos condenados a vivir con la culpa, con el colesterol y con los kilos.

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Viejos

No hay persona más necia que el que desprecia a los viejos. Y mira que he visto ya muchas clases de necios, pero estos, los que miran a un viejecillo desde la estupidez de sus menos años, los que hacen comentarios que ellos creen graciosos y que en realidad carecen de todo atisbo de gracia, esos se llevan la palma. Incapaces de ver más allá de sus cortas miras sospechan, o mejor, saben,  que ellos siempre van a tener esa edad, que a ellos nunca les van a colgar las carnes, ni les van a flaquear los remos, y claro, eso les llega inexorablemente y sorprendiéndoles; pero en cambio el saber más, el comprender mejor, el tolerar por conocer profundamente, al que llegan los buenos viejos, eso no les llegará nunca, porque para ello, básicamente, es necesario no ser necio, es preciso que su cabeza sea lo más importante, pero no, en esta clase de personas a las que yo me refiero, la cabeza es como en los alfileres, es decir, lo que menos importa.

Mis palabrillas

Acirate: en mi pueblo no es loma que se hace en las heredades y que sirve de lindero. Es el alfeizar de la ventana

Andorga: barriga

Andobas: pillo, pícaro

Anguarinas: son las angarillas: pieza, generalmente de esparto, que se ponía sobre el burro para transportar distintas cosas.

Apuritamente: delicioso adverbio que sólo he oído en mi pueblo. Quiere decir oportunamente, claro.

Arandolao: se aplica, normalmente, a una prenda de vestir que se ha deformado y forma ondas.

Archiperres: trastos, herramientas rudimentarias.

Argumentera: persona que cuenta rollos con mucho teatro. Casi siempre se usa en femenino.

Arrentar: es imitar a alguien.

Atestao: se refiere a una persona bruta que nunca da su brazo a torcer.

Atropellante: sujeto que no tiene miedo a nada y busca el peligro.

Ausionera: teatrera, que cuando cuenta algo parece actuar.

Avechucho: animal de aspecto feo difícilmente clasificable.

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Ya es Navidad

Yo sé siempre que, inequívocamente, sin lugar a dudas, con toda certeza,  ha llegado la Navidad por un motivo: tengo una conocida que vive en este mismo pueblo en el que yo habito, y que, durante once meses y tres cuartos del otro, me saluda con desgana, arrastra delante de mí su cara de vinagre con trabajo y farfulla el adiós con distancia, pero ¡oh dios!, un día de diciembre me la encuentro y ya le ha poseído el espíritu de la Navidad, se ha adueñado de ella, le ha invadido y, sin mediar palabra ,se lanza sobre mí, me sonríe, me da un medio beso y me desea felices pascuas. Es la señal, yo saco mi árbol, mis villancicos, mis figuritas y empiezo el ritual. Adoro la Navidad y ella que, tiene lo suyo, a mí, en cambio, me sirve de arcángel San Gabriel. Es la vida.

Las fotos

Pedazos de vida atrapados en el papel. Recuerdos gratos, ingratos. Personas que no están, pero en ellas permanecen. Miradas que nos hablan desde el blanco y negro. Raíces. Amarras. Tenemos montones. Revueltas, bien clasificaditas en un álbum, esparcidas por los muebles de la casa, enviándonos mensajes desde los portarretratos de plata o desde las paredes. Nunca me había dado cuenta de lo importantes que son esas fotos en nuestras vidas hasta que he reparado en que las personas que lo han perdido todo en un desastre: un incendio, un derrumbe, una inundación, una de las cosas que primero mencionan entre sus lágrimas es que han perdido todas sus fotografías, como si con esta pérdida se hubiera borrado el rastro de sus vidas y les costara trabajo reconocerse y encontrarse, como si de todo lo vivido nada quedara que diera fe de que nosotros somos realmente nosotros.

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No sé si vengo bien…

A menudo lo oyes. Es alguien inseguro, que busca algo cuyo tema no domina. Suele ser en oficinas de la Administración, en centros médicos, de enseñanza…La gente a la que va dirigida la frase nada más oírla se crece, le cambia la expresión, piensa: otro que no sabe nada, a este le pongo yo en su sitio, ahora si que soy importante, yo le voy a decir si viene mal o viene bien, ¡infinita prepotencia en un segundo! Con lo bonita que es la frase: “no sé si vengo bien”, que implica: si vengo mal, estoy dispuesto a rectificar, estoy dispuesto a escucharle a usted, no me cuesta trabajo dar marcha atrás y seguir buscando, y además con una sonrisa amable, porque el que no sabe si llega bien, sí que sabe que tiene que llegar sonriendo…

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La cruz

En algún momento de nuestras vidas hay que coger una cruz y subir a un calvario. Está escrito. Unas veces la coges tú y tiras cuesta arriba sorteando romanos, mujeres piadosas, cirineos y toda la parafernalia que debe rodear una buena cruz. Tú llegas al monte, te crucificas y te quedas tan a gusto, porque para eso has elegido tu cruz. Lo peor es cuando la crucecita te sale al camino por el que tú vas bailando como Judy Garland en el Mago de Oz y ¡zas! alguien te la cuelga a la espalda, te empuja, te da latigazos, te bebes la hiel que te ofrece, sudas, te preguntas por qué tú, aunque sigues y sigues hasta llegar arriba, pero eso sí, una vez arriba yo recomiendo lo siguiente: no te crucifiques, no es tu cruz, coge al que te la ha puesto sobre el hombro y sin dudarlo un momento ¡crucíficalo! y bájate del monte, si es posible, por el camino del Mago de Oz, es decir, cantando como Dorothy Gale: there is no place like home…

El pan

Ya no es lo que era. La gente de ahora puede pasar sin pan, de hecho pasa sin pan, es más se quita el pan de su dieta a poco que tenga cien gramos más en su peso de lo aconsejado por la moda. Hay que volver la vista atrás para ver lo importante que era en nuestras vidas. Había que ganarse el pan y si era con el sudor de la frente mejor ¿Cómo pensar en una comida en la que no hubiera pan? Tarea diaria de las mujeres era salir a comprarlo, excusa perfecta para echar la parrafadita con las convecinas. La frase ¡ha subido el pan! hacía presagiar grandes desgracias económicas. Si el pan se caía al suelo, al recogerlo, había que besarlo y ponerlo cuidadosamente sobre la mesa. Ser más bueno que el pan significaba ser lo más de las buenas personas. De hecho, lo que pedíamos rezando a todas horas era “el pan nuestro de cada día dánosle hoy”. Infundía respeto absoluto. Era manjar divino. Sucesor del maná. Sigamos pidiendo que no nos falte. Por lo menos con mantequilla.

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Cositas que me gustan

Me gustan los amigos de la infancia. Te evitan fingir. Ya saben quien eres. Me gusta el cristal porque nada oculta, muestra lo que hay detrás, hasta el café lo prefiero en vaso. Me gustan los toros. Es el único espectáculo donde todo es de verdad, donde nadie finge, donde uno puede morir y otro siempre muere. Me gusta conversar con niños  y ancianos. Dicen la verdad. Los niños dicen lo que piensan por inocencia, los ancianos porque ya a ninguna norma quieren someterse, se lían la manta a la cabeza y lo dicen tal cual. Me gusta el agua, es transparente. La seda, acaricia sin ocultar. En definitiva, me gusta lo que no miente. La verdad en todas sus dimensiones.

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