A veces, muchas veces, en realidad, miras a tu alrededor, miras hacia tus amigos y no puedes dejar de preguntarte: ¿y si estas son las personas equivocadas? ¿Y si he dedicado mi vida y mi energía a mantener unos afectos hacia amistades equivocadas?

 

Una vida dedicada a personas que no son aquellas que hubieran enriquecido tu existencia, que la hubieran llenado de satisfacciones, de afectos, de “vida…”

 

¿Cómo elegiste a estas personas? Pues, ahora que lo piensas, tú nunca elegiste, te vinieron impuestas por circunstancias, por lugar de nacimiento, por estar en un colegio,  por terceros, por intereses absurdos, por trabajo, por emparejamiento…

 

¿Cuándo realmente tú has visto, has conocido a alguien y has decidido: este tiene que ser mi amigo, mi amiga? Ahora que sigo pensándolo, nunca.

 

Y así tu vida, tu entorno, se va llenando de amistades tóxicas, molestas, inquietantes, e incluso peligrosas, de las que nunca ya puedes deshacerte, simplemente tienes que ir aprendiendo a hacerte dura, a capear el temporal, a hacer concesiones, a vivir con cuidadito bajo tu particular paraguas, con prevención, y dejar transcurrir un tiempo que se va deshaciendo en tus frustraciones.

Elena, ya hace siete que llegaste y en esos siete, creo que, todavía no nos has mostrado algunas cosas que van a sorprendernos. Estás siempre observando, pero parece que reservas algo que te va a distinguir, que te va a hacer muy diferente.

 

Sigues, un poco, a la sombra de tu hermano, pero intuyo en ti un talento para las letras, para la pintura, para lo artístico…

 

Observo tu cara cuando hay un triunfo de tu hermano y expresa una mezcla de alegría y preocupación por si tú no llegas.

 

Eres cañera, fuerte, luchadora, esto se afianza en ti, pero al mismo tiempo te muestras lejana, sin entregarte.

 

Al verte, no puedo dejar de pensar en mí. Así, como eres tú, me definía a mí mi abuela: indomable, caballo trotón…

 

¡¡¡Felicidades peque…!!!

No era muy corriente, en aquellos años en los que la gente se moría pronto, conocer dos bisabuelos y hablar con ellos y que te contaran historias y que te dieran una perra gorda para comprar pipas.

 

Mi bisabuelo Hermógenes fue un gran hombre que nació mediado el siglo XIX. Se murió cuando tenía noventa y ocho años y, hasta al último día, tuvo en el suelo, al alcance de su mano derecha, una botella de vino tinto, en invierno al lado de la chimenea y en verano, debajo de la parra, de la que de vez en cuando se echaba un traguito y que, sin duda, tuvo mucho que ver con el secreto de su longevidad.

 

Llevaba una blusa parduzca, ancha, con bolsillos de los que frecuentemente sacaba la petaca con picadura de tabaco negro, el librillo y su mechero de yesca y se liaba un cigarro lentamente, como haciendo una obra de arte. Me fascinaba ver la maniobra.

 

De origen humilde, siempre contaba que de chico pasó hambre, era listo, trabajador y con esfuerzo, cuatro duros y terrenos que fue comprando,  fue poniendo viñas y viñas hasta que se hizo, como decía mi abuela con media jurisdicción y llegó a tener una gran bodega en la que corría abundante el vino en octubre, varios pares de mulas, jornaleros a su cargo y cuatro hijos que, en la abundancia se creyeron “señoritos de pueblo” y una mujer, la bisabuela Isidora, a la que yo no conocí, pero por lo que yo he oído de ella, intuyo que fue esa mujer en la sombra, artífice de los triunfos del patriarca.

 

Mi bisabuelo Hermógenes, cuando ya tenía sus noventa y ocho, en su caserón enorme, del que nunca se movió, una madrugada, se levantó, llamó al hijo que esa noche le tocaba dormir cerca de él y le dijo: llama a tus hermanos que me voy a morir, y así lo hizo…

Qué largo para ti, que cuentas “los días para”, qué corto para mí que ya descuento “los días de…”

 

Nueve años, y alguno menos de destierro. Aún añoras tu pueblo, tu país. Sueñas y repasas los días que pasas aquí. Tus raíces todavía te quieren arrastrar a tu sitio, pero no en mucho tiempo sentirás que tu sitio está allí: donde juegas, donde ríes, donde lloras, donde sueñas, donde tus amigos van atando cuerdas a tus sentimientos.

 

Último año en el que tu edad se mide con un solo número, a partir del que viene tendrá dos y, ojalá que algún día lejano la representes con tres.

 

Creces a lo grande: en altura, en saber, en fuerza, en cariño, en sentido de la justicia…

 

Ahí te pongo, con tu mirada profunda, mirada de tomarte muy en serio lo que realmente importa y de reírte de todo lo demás.

 

Y con tu padre, sosteniéndote siempre para que alcances la cima, sosteniéndote hasta que vayas aprendiendo a lograrla tú, hasta que tú llegues solo a lo más alto.

imagesPachasco: claro que sí, por supuesto, faltaría más…

 

Pachorra: lentitud, desidia, vagancia casi…

 

Pajolina: unida a cantar; la frase era “cantarle a alguien la pajolina”;

Equivalente a cantarle a alguien las cuarenta, a ponerle en su sitio, vamos…

 

Palancana: clarísimamente es palangana, pero, debido a que su pronunciación es mucho más fácil con c, la gente en mi pueblo utilizaba palancana con toda naturalidad…

 

Paligote: palo, con sentido despectivo; se empleaba para definir a una chica muy delgada, para expresar las letras mal hechas de un niño que empieza a escribir o para referirse a los sarmientos empleados para el fuego de las chimeneas.

 

Pampla: lacia, caída, sin gracia, sin “aire”…; se aplicaba, sobre todo a la ropa de mujer con poco estilo.

 

Pantasma: es fantasma, pero, por la misma razón que palancana, se acomodaba a la más fácil pronunciación

 

Paparreta: de decía cuando una sopa, especialmente de fideos, se quedaba seca, con poco caldo, “esta sopa es una paparreta” o había otra alternativa: “sopa de pata buche”, es decir de espesa que estaba metía la pata un buche y no podía sacarla… (buche: borrico joven)

Ene

26

Las Coplas

JORGE MANRIQUETiempo de invierno, tiempo de mirar atrás, tiempo de melancolía…

 

¿Hay mejor momento para volver a leer “Las Coplas de Jorge Manrique  a la muerte de su padre”?

 

Maestre de la Orden de Santiago, noble castellano, valiente y de reconocido prestigio y que inspiro a su hijo una obra cumbre de nuestra Literatura.

 

Nunca he encontrado nada mejor escrito en fondo y forma. Nunca nadie, ha podido hablar, imprimiendo tanto ritmo, tanta música, con metáforas de tanta belleza, de lo rápido que se pasa la vida, del gran poder igualatorio de los seres humanos ante la muerte.

 

Nadie lo pudo decir mejor. Nadie lo puede entender mejor que el que se encuentra más cerca de la edad de don Rodrigo Manrique de Lara. Y nadie debería dejar de leerlas para comprender el verdadero sentido de vivir y morir.

 

 

imagesEra lo peor. Era la cárcel, el hoyo, la inactividad, la inutilidad, la vergüenza…, en definitiva el desprecio del grupo.

 

Así expresábamos, en los juegos,  siendo niños y adolescentes, cuando quedabas fuera del juego, porque tu torpeza o despiste te llevaba a fallar y,  como consecuencia, a no poder seguir jugando: tú te vas al rinche, y allí te quedabas, mirando, pero mirando bajo, sin atreverte a mirar a la cara a los demás del equipo que te fulminaban con ojos de desprecio, hasta que la marimandona o marimandón del grupo decía que ya podías reintegrarte, que habías expiado tu falta.

 

Cuando vas entrando en la madurez, recuerdas aquello con distancia, con superioridad, pero con cierto rencorcillo que nunca muere, porque lo sufrido en la infancia y adolescencia marca, y marca mucho…

 

Pero lo peor llega cuando ya vas saliendo de ese periodo de plena madurez que te ha ido dando seguridad y poderío para actuar, olvidar y vivir plenamente, cuando vas entrando en ese otro periodo de cuesta abajo vital que, no es que la voz de la marimandona te mande al rinche, es que son circunstancias, personas, vivencias y actitudes que lenta, pero inexorablemente te están mandando al rinche sin remedio…

 

243637-rebano-de-ovejas-en-el-rastrojoCarear: acción que realizaban las ovejas sobre un restrojo, es decir, después de ser segado se soltaba sobre éste el rebaño para facilitar después su posterior arado. (Imagen)

 

Carpón: racimillos de uvas pequeños y muy prietos que los vendimiadores dejaban en las cepas por entender que podían dar acidez al vino que se iba a elaborar. Después de la vendimia pasaban las rebuscadoras recogiéndolos, casi siempre mujeres, que luego llevaban a vender a la vinagrera, (fabrica de vinagre) y que, en tiempos de escasez, les proporcionaba unas pocas pesetas.

 

Cascante: persona muy habladora que, casi siempre, contaba lo que debía callar.

 

Caterva: muchas personas juntas sin orden ni concierto.

 

Cenutrio: tontorrón, simple, con pocos conocimientos y sin capacidad de adquirirlos.

 

Cipilicera: regaño, alboroto, conflicto escandaloso entre dos o más personas.

 

Cipotazo: fuerte golpe que se le daba a persona o animal, generalmente con un palo o garrote.

 

Cisco: parecido a cipilicera, quizás con algún grado menos de intensidad. También llamábamos cisco a el material con el que se encendían los braseros, proveniente de los sarmientos quemados con una determinada técnica.

cafayate-campanarioTienen un lugar especial en mi vida, sobre todo las de mi pueblo. Su alegría, su tristeza, su misma indiferencia influían en tu estado de ánimo, en tu alma…

 

Hasta un punto de tu vida, siempre suenan para lo alegre, desde ese mismo punto, empiezan a tañir para lo triste.

 

Con tus pocos años sólamente te llegaba el mensaje de: tocan a la boda, al bautizo, a misa, a vísperas, a la pólvora…, y ahí estabas tú preparándote para la fiesta, cualquier fiesta.

 

Sólo tocaban para todos cuando se tiraban a arrebato tocando a “quema”, ahí el pueblo entero cogía sus cubos a la llamada de la torre y acudía a apagar al lugar que fuera, amigo o enemigo, porque se sabía que eso era cosa nuestra, del pueblo, ninguna ayuda vendría de fuera.

 

Había que ser un gran maestro para hacerlas sonar y transmitir lo que debían: alegría, celebración, llamada, auxilio, lamento, aviso, recordatorio, señal mística, pena, mucha pena, muerte…

 

Yo las sigo oyendo, prestándoles atención, confiando en que tarde un poco el momento en el que empiecen a doblar y sepas que es por ti, que su sonido anunciará a dolientes e indiferentes que te vas al silencio…

ancianaMi madre, aunque suene a tópico, se adelantó a su tiempo. Inteligente, con visión de futuro, guapa. Pudo estudiar y no lo hizo porque tuvo que decidirlo a sus diez años, después de hacer unos cursos de bachillerato con aquellas monjas un poco opresoras, y a su alrededor no hubo nadie que “la obligara” por su bien.

 

Siempre vivió un poco amargada. Nunca le gustó su vida. Soñaba con ciudades lejanas donde ella hubiera podido trabajar, tener otra vida distinta de la que toda su vida vivió en un pueblo chico, rural, con todas las pequeñas miserias que esto conllevaba.

 

Se vio atada a mi padre sin saber cómo, o quizás sabiéndolo muy bien, desde los quince.

 

Todas esas frustraciones fueron útiles para mí. Ella se encargó de que yo estudiara, saliera del pozo de tierra del pueblo, tuviera otros horizontes.Tenía obsesión por enseñarme. Me enseñó a leer muy pronto, a pensar, a ser independiente.

 

Quería a sus hijos por encima de todo, con grandeza, como era ella, pero estaba realmente incapacitada para demostrarlo, nunca quería dejar al descubierto sus emociones, le parecía poco pudoroso, debilidad…, así tuvimos que adivinarla, descubrirla, quizás demasiado tarde.

 

La gente que la conocía la respetaba, la quería, acudía a ella en busca de ayuda y consejo. Era valorada por todos por su sensatez, su inteligencia, sus conocimientos, adquiridos leyendo y escuchando siempre.

 

Creo que nunca la he visto disfrutar con nada. Estaba llena de miedos, de angustias que no le dejaron nunca ser una pizquita feliz.

 

Estoy convencida que, a base de de no querer estar aquí, de no gustarle mucho su vida, ella misma se la fue reduciendo, se la fue acortando y terminó por irse antes de lo debido y querido…