Jun

8

Elena ocho

Corres que vuelas en el tiempo Elena.

 

Tienes todas las características de las mujeres de mi familia: fortaleza, inteligencia, sensibilidad, ingenio, sensatez, orden mental, habilidad manual. Yo así te veo, aunque sea tu abuela…

 

Te asomas a la vida con decisión y eres valiente ante los retos. Obstinada para conseguirlos. Observadora.

 

Cumplo como abuela. Te veo PERFECTA.

 

 

 

Tú y yo, en Tongres, invierno de 2018, visitando su iglesia. Yo firmando en el libro de visitas y tú, resuelta, preguntando y decidiendo: yo también quiero firmar.

 

Y ahí lo dejaste, sin consultar, sin buscar miradas de aprobación, tu pensamiento, tu decisión: “Soy Elena, yo creo en dios, adiós”

 

Da igual que creas o no creas, Elena, pero siempre, defiende tu idea y plásmala con decisión, como en Tongres, sin dejarte coaccionar por presiones interesadas, o chantajes emocionales…

 

Tendrás tu juego de magia para que puedas cambiar lo que no te guste con un toque de varita.

¡Felices ocho!

Grudos: evidentemente es grumo, pero para nosotros, aquel redondito de harina que no se deshacía en el chocolate era un grudo.

 

Gua: juego de bolas que consistía en introducirlas en un agujero hecho en la tierra. Existía la expresión: “ser más bajito que la sombra un gua”

 

Guachará: caída de una persona al suelo de forma inesperada, espectacular y casi cómica.

 

Gualdrapeao: coser varias telas de forma chapucera para hacer un “apaño” de urgencia.

 

Guarduña: persona tacaña, mezquina, miserable, que nada da y todo lo guarda.

 

Guarrantón: se dice de aquellos que están todo el día en la calle sin tarea útil, holgazaneando.http://garipotaina.com/2016/02/04/general/el-guarranton/

 

Guasona: mujer con mucha guasa, con gracia y desparpajo, que de todo se ríe.

 

Güebra: trabajo en el campo, normalmente ararlo, que te hacía una persona ajena a ti, trabajando tu tierra con sus propias herramientas y que tenía la duración de un día.

 

Guipar: ver a alguien o algo de forma rápida.

 

Güito: sombrero que quiere ser elegante, pero que no llega.

 

Gurrapato: garabato en un cuaderno.

 

Gurruño: revoltijo, revoltero de algún trapo o tela arrugada.

 

Diecisiete de abril. La suerte ha querido que esta fecha que, para mí, siempre hubiera sido triste se haya convertido en fecha de celebración.

 

Es primavera. Cumples diez años. Cambios en tu vida. Ni reparabas antes en tu pelo. Te lo cortaran o te lo dejaran, tú vivías pendiente de otras cosas. Ahora te miras y te miras en el espejo, te lo pones hacia un lado o hacia otro. Presumes. Se avecinan tiempos borrascosos.

 

Muy difícil escribir sobre ti porque la distancia me está impidiendo ver y sentir tus progresos, tus emociones, tus amistades, pero con poco que te vea y te mire es claro que tu inteligencia sigue evolucionando y deslumbrando y que el cariño hacia los tuyos es el motor de tu vida. Pena de raíces que no vas a poder aprovechar…

 

Tu abuela siempre ahí, para quererte, para facilitarte, para enseñarte algunas cositas, para ser puente…

 

Cuando yo quiera, como yo quiera.

 

Eso espero del pronombre reflexivo que, si para algo vale, es para  indicar que la acción se realiza por uno mismo y para uno mismo.

 

Pero, la gente, que tendemos a suavizar, a disfrazar, a disimular penas, piensa que fallecer es más elegante, más ligerito, que te mueres, pero  menos…

 

Tengo muy observado que, si te hablan de alguien lejano que se ha ido, dicen que se ha muerto, cuando te comunican la muerte de un ser querido dicen que ha fallecido.

 

Pero claro, es que si falleces algo ha fallado, tú no lo has elegido mientras que si te mueres es tu decisión, tu última decisión.

 

(Nada que ver con el suicidio. Capítulo aparte)

 

Definitivamente, he decidido que, cuando lo sienta cerca, decidiré morirme y no permitiré mi fallecimiento.

 

 

Sabroso plato, fácil y rápido de cocinar.

 

  • Unos ocho puerros
  • Un trozo de bacalao muy pequeño
  • Una patata también pequeña
  • Cuatro huevos
  • Tres o cuatro ajos
  • Pimentón (del bueno)

 

 

 

Cortamos los puerros, la parte blanca, en trozos pequeños.

 

Pelamos los ajos y los cortamos en láminas gruesas.

 

El bacalao se pone en agua, dos horas antes, en cuadraditos muy pequeños.

 

En una cacerola, con aceite caliente, ponemos los ajos. Una vez dorados se añaden los puerros y se rehogan, lentamente, hasta que no queda agua.

 

Entonces, se añade una cucharadita de pimentón y se dan unas vueltas. Se pone agua caliente, sin exceso, que cubra los puerros.

 

No añadir sal, será suficiente con la del bacalao que se termina de desalar cociendo.

 

Cuando empieza a hervir se añade el bacalao y la patata cortada en trocitos muy pequeños.

 

Después de hervir, lentamente, durante una media hora, o poco más, se echan los huevos, cuatro, se tapa para que cuezan, pero solo el tiempo suficiente para cuajar la clara y que la yema quede relativamente blanda.

 

Exquisito…

Ella era la Constitución. Mi abuela María.

 

Era así: el robusto pilar sobre el que se sostenía la familia. Todos se movían con sus normas nunca escritas, y volviendo la mirada hacia ella cuando había dudas.

 

Mantenía el orden. Solucionaba conflictos. Aconsejaba sabiamente. Sabía tejer un equilibrio de justicia entre los miembros de la familia.

 

Una de sus hijas casó con persona más pudiente, pero ella supo manejar la buena relación entre las hermanas desterrando envidias y sembrando solidaridad.

 

Todos la habíamos reconocido y aprobado porque de su figura emanaba, sensatez, equilibrio, justicia…

 

Funcionaba, y a nadie se nos ocurría decir que, porque fuera vieja, había que acabar con ella. Todo lo contrario, rogábamos cada día para que viviera muchos, muchos años, ya que lo que todos queríamos era vivir en paz, sin conflictos, creciendo, prosperando, tranquilos…

 

La Constitución que nos negó Franco nos la implantó mi abuela sin habérselo propuesto nunca y, mientras ella estuvo aquí, todo fue fácil y armonioso.

 

Manejaba el lenguaje son fluidez, con soltura. Lo hacía con color, con emoción y siempre buscaba el adjetivo con algún matiz que clavaba el significado, diferenciándolo del general. Encantaba oírla. Transmitía y convencía…

 

Recuerdo algunos como estos:

 

Aceo: lo empleaba referido al vino exclusivamente. Si un vino estaba aceo era mucho más que ácido, es que estaba para tirarlo.

 

Amargoso: no era amargo; era con un toque de amargura, pero, vamos, que se podía comer.

 

Balonazo: nada de un golpe fuerte dado a un balón; era una persona extremadamente vaga, que no daba un palo al agua en su vida.

 

Blancuzco: ese blanco que no es de nieve, que amarillea sospechosamente.

 

Pavisosa: pava a más no poder; porque sumaba a ser pava ser sosa.

 

Pelicana: ninguna relación con pelo blanco o rubio muy claro; se lo llamaba a una mujer sucia, desaliñada, zarrapastrosa.

 

Rebajuelo: hombre al que no quería llamar bajito directamente para no ofender y así le ponía un matiz cariñoso.

 

Verdoso: aplicable a un verde indefinido y que cualquiera podía imaginar a su antojo.

 

Al mismo antojo con el que ella utilizaba sus adjetivos…

A veces, muchas veces, en realidad, miras a tu alrededor, miras hacia tus amigos y no puedes dejar de preguntarte: ¿y si estas son las personas equivocadas? ¿Y si he dedicado mi vida y mi energía a mantener unos afectos hacia amistades equivocadas?

 

Una vida dedicada a personas que no son aquellas que hubieran enriquecido tu existencia, que la hubieran llenado de satisfacciones, de afectos, de “vida…”

 

¿Cómo elegiste a estas personas? Pues, ahora que lo piensas, tú nunca elegiste, te vinieron impuestas por circunstancias, por lugar de nacimiento, por estar en un colegio,  por terceros, por intereses absurdos, por trabajo, por emparejamiento…

 

¿Cuándo realmente tú has visto, has conocido a alguien y has decidido: este tiene que ser mi amigo, mi amiga? Ahora que sigo pensándolo, nunca.

 

Y así tu vida, tu entorno, se va llenando de amistades tóxicas, molestas, inquietantes, e incluso peligrosas, de las que nunca ya puedes deshacerte, simplemente tienes que ir aprendiendo a hacerte dura, a capear el temporal, a hacer concesiones, a vivir con cuidadito bajo tu particular paraguas, con prevención, y dejar transcurrir un tiempo que se va deshaciendo en tus frustraciones.

Elena, ya hace siete que llegaste y en esos siete, creo que, todavía no nos has mostrado algunas cosas que van a sorprendernos. Estás siempre observando, pero parece que reservas algo que te va a distinguir, que te va a hacer muy diferente.

 

Sigues, un poco, a la sombra de tu hermano, pero intuyo en ti un talento para las letras, para la pintura, para lo artístico…

 

Observo tu cara cuando hay un triunfo de tu hermano y expresa una mezcla de alegría y preocupación por si tú no llegas.

 

Eres cañera, fuerte, luchadora, esto se afianza en ti, pero al mismo tiempo te muestras lejana, sin entregarte.

 

Al verte, no puedo dejar de pensar en mí. Así, como eres tú, me definía a mí mi abuela: indomable, caballo trotón…

 

¡¡¡Felicidades peque…!!!

No era muy corriente, en aquellos años en los que la gente se moría pronto, conocer dos bisabuelos y hablar con ellos y que te contaran historias y que te dieran una perra gorda para comprar pipas.

 

Mi bisabuelo Hermógenes fue un gran hombre que nació mediado el siglo XIX. Se murió cuando tenía noventa y ocho años y, hasta al último día, tuvo en el suelo, al alcance de su mano derecha, una botella de vino tinto, en invierno al lado de la chimenea y en verano, debajo de la parra, de la que de vez en cuando se echaba un traguito y que, sin duda, tuvo mucho que ver con el secreto de su longevidad.

 

Llevaba una blusa parduzca, ancha, con bolsillos de los que frecuentemente sacaba la petaca con picadura de tabaco negro, el librillo y su mechero de yesca y se liaba un cigarro lentamente, como haciendo una obra de arte. Me fascinaba ver la maniobra.

 

De origen humilde, siempre contaba que de chico pasó hambre, era listo, trabajador y con esfuerzo, cuatro duros y terrenos que fue comprando,  fue poniendo viñas y viñas hasta que se hizo, como decía mi abuela con media jurisdicción y llegó a tener una gran bodega en la que corría abundante el vino en octubre, varios pares de mulas, jornaleros a su cargo y cuatro hijos que, en la abundancia se creyeron “señoritos de pueblo” y una mujer, la bisabuela Isidora, a la que yo no conocí, pero por lo que yo he oído de ella, intuyo que fue esa mujer en la sombra, artífice de los triunfos del patriarca.

 

Mi bisabuelo Hermógenes, cuando ya tenía sus noventa y ocho, en su caserón enorme, del que nunca se movió, una madrugada, se levantó, llamó al hijo que esa noche le tocaba dormir cerca de él y le dijo: llama a tus hermanos que me voy a morir, y así lo hizo…