Jun

25

La limpia

Llegando este mes, en mi casa, había gran actividad: empezaba la era.

 

Era el momento de recoger. Se había sembrado, se había cuidado la siembra, se había estado mirando al cielo con ansiedad y pidiendo a los santos que nada perturbara el tiempo, que ninguna tormenta, helada, o plaga, malograra aquel milagro de la recolección.

 

Era la hora. La actividad empezaba a las cuatro de la madrugada. Los hombres se iban con el carro a “sacar”. Esto consistía en traer a la era las mieses, una vez segadas y apiñadas en haces bien apretados.

 

Se extendían en un círculo y, sobre esas espigas conseguidas con tanto mimo, comenzaba a pasar el trillo una y otra vez hasta irlo triturando con tesón y ansia.

 

Después y, estudiando bien la dirección del viento, que podía ser solano, gallego, ábrego…, se hacían los montones y, sin más ciencia que aventar lo recogido, se hacía el milagro, allí sobre la era, quedaban los granos de trigo, doraditos, brillantes, limpios de polvo y paja.

 

Es una escena que tengo grabada en mi mente con las mejores de mi infancia, porque, a menudo, me hacía soñar que yo podía hacer lo mismo con todo lo mío: echarlo al viento y que a mi lado sólo quedara lo bueno, el trigo dorado, y el polvo y la paja volaría en el aire…


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