Yo tenía dos abuelas: una Urbana, se llamaba así, y otra Rural, se llamaba María.

Mi abuela Urbana, realmente, era urbana, aunque nació, vivió y murió en un pueblo. Ella hubiera sido una gran urbanita: moderna, fina, entendida, viajera, nunca realizó labores en el campo ¡lástima que no pudo proyectar todo esto por los tiempos en los que le tocó vivir…!

Ella se ocupaba de la parte de la fantasía de mi infancia. Me compraba cuentos, me los contaba, me leía las cartas que los Reyes Magos me dejaban en su casa, me hablaba del Niño Jesús, de los cuatro angelitos que guardaban mi cama, del cielo, incluso.

Mi abuela María era realmente como un árbol nacido de la tierra, con las raíces bien enterradas y firmes. Ella se afanaba sobre las viñas, sobre los trigos, calculaba cosechas y proyectaba sementeras.

Ella desarrolló mi parte realista y práctica. Me llevaba a lavar al arroyo, me acompañaba a sacar los huevos de las gallinas, a contarlos, a valorarlos. Puso gran empeño en que yo entendiera que lo más importante en mi vida debía ser aprender, crecer, ser.

Mis dos abuelas fueron fundamentales en mi vida, complementarias. No hubiera sido igual si me hubiera faltado alguna de ellas. Habría sido una persona incompleta, estoy segura.


Deja un comentario