Nos dejaron poco rastro de cultura, poca filosofía, poca huella profunda, pero nos dejaron una carga genética que aflora en algunos a poquito que toques. Y hay muchos, parece mentira que apenas nos rozaran las costas. A sus sucesores se les reconoce por frases como: “qué cara está la vida, cuánto se gasta, cómo sube todo”, repetido a diario, una y otra vez. Se les conoce también por su infinita cicatería. Abominan, por supuesto, de la hacienda pública. Otra seña de identidad es que se fijan mucho en los negocios ajenos: los que prosperan, los que se hunden, los que deberían ampliarse. Llevan muy bien las cuentas, las suyas y las otras. Tienen un impulso constante de vender, de vender lo que sea, de ganar, de ganar como sea. Si tuvieran barcos se lanzaban de cabeza a poner chiringuitos en el Mediterráneo. Dicen que crean riqueza, claro que sí, riqueza para ellos. Todos conocemos fenicios, quien no tiene un fenicio en su vida, algunos estupendos, pero estos son, básicamente, los que no han olvidado el alfabeto que nos regalaron.
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