Ago

3

¿Qué?

Cuando veo una foto de alguien que ya no está, es fácil ver lo que exteriormente se quedó aprisionado para siempre. Estoy viendo a mi madre, guapa porque realmente lo era, endomingada, con su mejor vestido para la foto, pulcra, con un reloj en su muñeca que entonces estaba de moda, sus zapatos topolino, su sonrisa forzada para la posteridad, pero ¿qué había en su pensamiento, qué ilusión, qué esperanza, qué futuro vislumbraba? Tenía dieciocho. Daría algo muy importante, muy valioso para mí, por saber que estaba pensando. A ver si van inventando ya las cámaras maravillosas que atrapen el pensamiento.

Ellos no quieren ver las cosas allí, las quieren ver aquí. Con la cámara digital ha nacido un nuevo grupo de turistas, los compulsivos, son los que no miran las cosas, sólo las fotografían, pero las fotografían hasta los más mínimos detalles: cada capitel, cada moneda de los museos, cada frontispicio, todo, todo queda congelado dentro de su cámara. Están al acecho y si ven a otro tomando un determinado encuadre, allí están ellos, esperando que quede el sitio libre, no se le vaya a escapar lo mejor. Y si el guía llama la atención sobre algo en especial la lluvia de flashes que le cae encima a aquel algo lo derrite al momento ¡Como no cuesta! Qué nostalgia produce el recuerdo del carrete que antaño nos hacía detenernos, pensar cómo lo poníamos, cómo lo quitábamos no lo fuéramos a velar, y luego llevarlo a revelar y recogerlo con la ilusión de ver qué habíamos hecho. ¡Todo un ritual! Lo de ahora parece un poco penoso, le ha acabado de quitar al turista lo poquito que pudiera tener de viajero, pero desde luego, lo que realmente debe ser penoso es cuando todo aquello que trae en su cámara se empeñe en enseñárselo a sus víctimas, porque para eso lo hace, claro está.

Lo veo cada día, porque cada día entierran muchos muertos. Son los musulmanes. En Irak, en Marruecos, en otros sitios parecidos. Cogen sus muertos y emprenden una carrera hacia la desesperación. Yo tiemblo esperando siempre ver caer al muerto entre los pies de los que le vuelan por las calles polvorientas, entre velos negros y barbas mal apañadas. Recuerdo, en cambio, la infinita parsimonia con la que pasaba un entierro por las calles de mi pueblo, marcando el paso al doble de las campanas, despacio, muy despacio, no queriendo llegar nunca. ¿Qué nos diferencia tanto en esto siendo tan iguales en otras cosas? Debe ser cosa de Alá.

Cierto, está de moda y más que lo va a estar. Llenan nuestras calles, nuestros parques, nuestras consultas médicas: viejecita en silla de ruedas y rumana joven y altiva, viejecito un poco babeante y sudamericana redondita y alegre, más viejecitos con morita, otra rumanita y caribeñas variadas, llenas de alegría y cariño. Nos traen lo que nos falta, la compañía, los cuidados, y recogen lo que nos sobra, lo de menos valor, y la pareja dura hasta que la muerte los separa. Según pintan los tiempos más tarde o más temprano vamos a ser parte de esa pareja. Lástima que sólo vamos a experimentar una parte, estaría muy bien que todos pasáramos, aunque fuera poco tiempo, por la otra.

Me acuerdo de estas palabrejas que acompañaron mi infancia y ya casi nadie usa. Para que no se pierdan:
Rabisca: persona de mal genio, que fácilmente coge una rabieta.
Recortejana: se dice de una prenda de vestir que anda escasa en el largo. También se solía emplear para personas bajitas.
Rehilar: temblar. En la frase: “le rehilo”, queríamos expresar: le temo.
Repeyendo: estarle a uno una prenda de vestir muy pegada al cuerpo, por ejemplo una falda.
Respailando: salir respailando, es salir poco airoso de una situación, huyendo en cierta manera.
Roznar: masticar con ruido algo duro,  ¿caramelos?

Cuando llega el verano se multiplican. Y también se añoran. Sabores: imposible encontrar el sabor de un tomate como los de antes, de una fresa, de un melón… ¿Tendremos que renunciar para siempre a ello? Te viene a la mente aquel momento mágico en el que tú partías un tomate y el sabor a verano te invadía el cuerpo, y el olor a tomate te invadía el alma, y el color de tomate deslumbraba tu vista. ¿Tendrá esta generación que acaba de nacer la desgracia de no saber qué es un tomate verdadero? ¿Cómo es posible que estemos renunciando a cosas tan simples y tan fundamentales? Cuando tengo en mis manos uno de estos amagos de tomate, simples, inodoros, verdosos, me acuerdo de la copla:
“Tomate, qué culpa tiene el tomate
de haberse criao en la mata
pa que venga un tío malaje
y lo convierta en desgracia”
Delirio de los treinta y ocho grados a la sombra

img_1267Escrito tengo como llegaste. Con el agua, con la luna, de una buena mano acompañado. Ya caminas, caminas y observas, no vas a lo loco, tu mirada examina y después tocas, tocas con cuidado, notando las texturas, fijándote en lo pequeño, tomando nota. Seleccionas, ya sabes lo que no te gusta. Eres seductor, conquistas con la mirada, envías mensajes de complicidad con el gesto, abrazas y entonces es cuando la sensación es indescriptible, ternura. Derrochas cariño, eres generoso, das y no quitas, difícil lo de compartir cuando estás descubriendo lo de poseer, te hará sufrir. Los destellos de tus ojos son de inteligencia, la rapidez de tu mirada lo dice también. Balbuceas. Cuando vayas haciendo tuyas las palabras las pondrás en buen orden, te gustan las palabras, te gusta que te hablan, que te cuenten. Aquí tengo los cuentos esperando, me sé todos los cuentos, los bonitos. Los de Celaya que te los cuenten otros, será inevitable. Todo está a favor, a tu favor. Sigue caminando, somos muchos los que estamos a los lados de tu camino, vigilando, velando, quitando piedras, rellenando baches, para que te deslices por él sin tropezar, pero a la larga el camino será solo tuyo. No lo tuerzas.

Jun

17

El tren

Adoro el tren. Es corta la palabra y largo el tren. Es  símbolo de libertad aunque siempre tenga que ir por el mismo sitio, sin salirse, y no pueda elegir su camino. Es signo de progreso. Es algo que todos los niños sueñan con conducir si les preguntas que quieren ser de mayores. Es seguro, es rápido, es alegre, es escenario de grandes relatos, de aventuras fugaces, de misterios. Lo manejamos en nuestro vocabulario diariamente con otros significados: engancharse al tren, vivir a todo tren, llevar un tren de vida, el  tren de los deseos, tirarse al tren. Ahí está, pese a todo, desafiando, recordando vías muertas, abriendo otras a velocidad de vértigo y también arrastrando alguna pena, cuando, sin más remedio, ha tenido que llevarse a alguien que le eligió para terminar su historia.

“Señalan la situación espacial o temporal del nombre al que determinan con respecto al hablante”
Esa es una de las definiciones que se pueden dar de ellos. Pero realmente se le podía añadir: la situación emocional, ideológica…, y alguna más.
Estaba oyendo esta mañana hablar a Felipe González y, no lo recordaba, pero bien es verdad que acostumbraba a hacerlo, se refería a la oposición como “estos”. Decía: no pensarán estos que así lo arreglarán” y no podía haber en ese demostrativo que marca la proximidad o bien la distancia, tanto en el tiempo como en el espacio con relación al hablante, una mayor carga de desprecio, de superioridad, de lejanía, de muchas cosas y ninguna buena, pero sin duda, expresaba con sólo esa palabrita corta todo lo que algunos no saben decir ni con mil palabras. Es lo que tiene manejar la oratoria. Un simple pronombre describe una situación, un pensamiento, un reproche, una ideología de la que, bien es verdad, que nos pasa como con el demostrativo, ya no sabemos si lleva o no lleva tilde.

Eso me pusieron en el recordatorio, pero no lo recuerdo yo así. El día de mi comunión fue un día de miedos, de incertidumbre, de incomodidad. Lo único que recuerdo bonito era el vestido blanco, largo hasta los pies que te equiparaba un poco con Sissi Emperatriz. Pero los zapatos me apretaban, los tirabuzones que me hicieron con aquellas horribles tenazas calientes que no eran capaces de dominar mi pelo liso, se deshacían por momentos sin esperarse siquiera a terminar la procesión. A esa angustia se unía la del pecado. Mi alma tenía que estar blanca como el vestido o más, y para eso yo había confesado convenientemente la víspera, pero tenía muy claro que cualquier sombra de malos pensamientos enturbiaría mi alma y ya no estaría dispuesta a recibir la gracia divina de aquel rito iniciático. Entonces caería en el sacrilegio. Tremenda zozobra la del infierno.
El calor era sofocante aquel día de mayo. Mi padre no quiso comulgar con lo cual, yo, como alguna otra más, quedamos señaladas, el trío en el reclinatorio para recibir a Dios estaba incompleto, yo en soledad con mi madre, pero con Dios, eso sí. ¿El día más feliz de mi vida? Creo que los ha habido bastante mejores.