El moro

Yo tengo un amigo que conoce a un moro que nunca había visto salir el sol en el mar. Y dice que le preguntaba cada día: pero, sale mojado ¿no? Mi amigo le ha explicado muchas veces que no, que el sol sale sequito. Aún así el moro no se lo cree. Y todavía, a pesar de todo, por las mañanas, se le puede ver allí, al lado del mar,  fijando su mirada de arena en la raya del horizonte y se asombra, y sigue maravillado el ascenso del sol y  espera día tras día ver escurrirse despacito esas gotitas de mar que no logran apagarlo.

Sonetillo

Es soneto nombre que me espanta,
en otros tiempos, digno de la gloria,
hacerme uno pienso con euforia,
a ver si mi moral así levanta.

El motivo hay que buscar si no lo tienes,
y a la musa consultar de once a doce,
porque dejarlo en manos de este goce,
parece cosa fácil y entretiene.

¿A un niño? ¿al mar? ¿a las virtudes?
todo está hecho, y con más gracia,
sólo quiero tener similitudes,
con los grandes poetas, ya en desgracia,
y rimar mis versillos, si no acudes,
inspirándome allí, en la aristocracia.

Bien amueblada

Se referían a la cabeza, y me decían que el tal fulanito la tenía, pero que muy bien amueblada. Y desde luego que sí, después de hablar con él me di cuenta de que en aquella cabeza sólo había, muebles: sillas, mesas, armarios, y hasta algún arcón que desprendía olores rancios, ¿tendría también dentro tocino, chorizo y cosillas de la matanza? Fácilmente. Desde entonces desconfío cuando alguien me dice que la cabeza está bien amueblada, odio la expresión,  porque, claro, por otra parte, ¿cómo mantener los muebles sin polvo, encerados y brillantes? Vamos, que yo creo que donde se ponga una cabeza llena de neuronas de primera calidad, que se quiten los muebles…

Hijo, árbol, ¿libro?

 

Lo aprendimos hace mucho, eran tres cosas que había que hacer en la vida: plantar un árbol, tener un hijo, y escribir un libro. Las dos primeras eran las que todo el mundo podía llevar a cabo sin el mayor problema, la tercera sólo estaba al alcance de los elegidos, de los creadores, de los que tenían acceso al Parnaso u otros montes; pero fíjate como cambian los tiempos, ahora, por múltiples razones, tener un hijo es una aventura en la que muchos no quieren probar suerte, plantar un árbol, ¡qué difícil! hay que pedir mil permisos, a lo mejor no es zona adecuada, hay que preguntar a Europa si se puede o te lo van a arrancar a las primeras de cambio, ¡en fin! que está visto que lo que todo el mundo puede hacer hoy más fácilmente es escribir un libro, y así me estoy encontrando con libros que ha escrito gente que hace bueno aquello de que hasta el más tonto hace un reloj. Habrá que leerlos, aunque dudo que una de sus funciones, la de pasar a sus autores a la posteridad, la vayan a cumplir.
Vamos a intentar lo del hijo, plantad un árbol aunque sea con nocturnidad, pero un respeto a los libros.

París…

De la luz, es la ciudad de la luz, en cambio está nublado la mayor parte del año, sus colores son grises y negros, las calles están llenas de personas que visten de negro, quizás con glamour, pero de negro y gris. El acento de sus gentes es gutural, como de permanente ahogo. Las estaciones del metro son sucias, en obra perpetua, oscuras, sospechosas de algo. Sus camareros son taciturnos, antipáticos, pero es el paraíso sentarte en un café, en la calle, entre los grises y los negros, los malhumorados y los taciturnos, pero con un chocolate que sí tiene luz…, y además, hay luz en sus museos, en el orgullo con que exponen sus banderas, en la amplitud de sus calles, en la belleza de sus edificios, en sus parques, hay luz hasta en el mismo nombre: París, sin duda, suena a luz.

Elcortinglés

Me da calor, me anima en horas bajas, me canta la navidad, me dice, por si no me he dado cuenta, cuando llega la primavera, me llena la vista de colores, me prepara buenos aparcamientos para que no dé vueltas, si tengo hambre me ofrece una mesa. Allí dentro me creo que no hay crisis. En verano, los días en que se derriten las calles, tú entras dentro y respiras al fresquito de sus pasillos y si te cansas mucho te sientas y ves la tele, que siempre hay alguna puesta.
Allí donde vayas, hay una bolsa con triángulitos verdes  que te lo recuerda. En cualquier sitio: en una manifestación, en una merienda, en la basura, en un restaurante, en tu casa, claro. Se ha mantenido inmutable a través de los tiempos y eso te da seguridad, te hace sentirte como en casa, te envuelve, te premia…, vamos, que quizás nunca será como una madre, pero un poquito más que los hijos, sí.

Sujetar al marido

Hacía tiempo que no oía esa expresión. Mil años, desde que nevaba en abundancia y se helaban los charquitos de la calle, pero quizás ha sido por eso, porque este invierno ha vuelto a nevar como dios manda y los niños han roto el hielo con sus botillas katiuscas, por lo que ha vuelto también la frase, la oí ayer: “y tuve que sujetar a mi marido porque no sé lo que hubiera hecho con él” (él es la víctima, claro)
Eran las mujeres de antes, alguna queda ahora, llevando con firmeza la correa del marido-perro que nunca se sabe como puede acabar si se le provoca, porque para eso él es tan hombre, tan fuerte, tan macho, tan perro…
Se están extinguiendo, ellas y ellos, claro, porque no se entiende uno sin la otra, la otra sin el uno, son como uno solo, es el misterio de la santa dualidad, es decir dos personas distintas y un solo ser verdadero.
Qué no vuelvan con las nieves, que se queden en sus cuevas.

Palabras

Un manojito de palabras para el palabrario
Con J y con L
Jarramantas: persona de poco fuste, poco considerado socialmente. Suponemos viene de desgarramantas.
Jurancho: sitio, espacio. Si alguien se quería sentar en un corro decía: “haced jurancho”.
Justillo: prenda que en nuestra infancia se les ponía a los bebés para abrigarles y sujetarles la tripita.
Legacina: garipotaina, dejabildo, pero con un matiz de mucho más desastre.
  

Resolver

Para los cubanos es un verbo fundamental. Se levantan y salen a la calle a resolver: la comida, el vestido, la salud…, ellos se solucionan lo más importante de la vida, cuando esta vida se ha convertido en lucha por la supervivencia. Es muy afortunada, dicen ellas, las cubanas, la mujer que encuentra un marido “que resuelve”. Y si te pones a pensar, en eso consiste esencialmente la vida, en “ir resolviendo”, resolviendo problemas,  y con esta medida te valoran. El tramo importante, la madurez, lo dedicas a resolver lo tuyo, lo de tus hijos, lo de tus padres y hasta lo de algún vecino desvalido, pero cuando las fuerzas te sientan en un sillón y la cabeza se adormila esperando la mano que te de la medicina, que te resuelva, cuando dejas de conjugar el verbo y a lo más lo sueñes en un futuro imperfecto, has llegado al final del camino. Y afortunado serás si alguien te resuelve algo.

Virus

Entran por todas partes. Y no te creas que se puede luchar contra ellos fácilmente. Tú estas desprevenido, sin tener el antivirus activado de tu intestino y ahí lo tienes, dañino, desconocido, innombrado, resistente y maligno. Te parte tu ritmo de vida. Habrá que decírselo a Panda. Pero no contento con esto, después de destrozarme toda la flora y hasta la fauna intestinal, también se ha colado en mi ordenador, y ahí sí que Panda estaba vigilando, pero ha sido inútil, este ordenador mío ha sido uno de los millones que se han infectado. Y aquí sigue, en mi casa, haciendo estragos, vamos a ver a donde se dirige ahora, porque, desde luego, seguro, seguro, que es el mismo bicho. 

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