Zaborro: persona torpe y lenta en aprender; sobre todo se empleaba en el lenguaje escolar.

Zacanera: siempre empleada en femenino porque alude a una mujer desaseada, desastrosa, cosa que en los hombres no estaba tan mal vista. Clarísimamente viene de azacán que se refiere a persona que se ocupa en trabajos humildes y penosos.

Zamuérgano: vago, holgazán de poco provecho.

Zamujón: es dicho de una persona vergonzosa, retraída o poco habladora.

Zaque: se refiere a una prenda de vestir que se ha quedado demasiado holgada y grandota. Su origen es “cuero con el que se saca agua de los pozos” y que por este uso estaría dado de si.

Zaragüelles: planta que genera como especie de espiguillas colgantes que se nos quedaban pegadas a la ropa.

Zarapíndola: tremenda paliza que se le propinaba a alguien.

Zararía: se le llamaba a la gallina de plumaje colorado, por extensión se le aplicaba a los pelirrojos.

Zolocho: aunque la RAE lo define como simple, mentecato, aturdido o poco expedito, en mi pueblo, un zolocho era una mujer poco honesta, callejera y falta de virtud.

Zoquete: torpe, falto de entendederas, lento de reflejos, en definitiva, un poco tonto. Tenía otra acepción que era referida al gran tamaño del trozo de pan que te comías: zoquete de pan.

Zumía: adjetivo, casi siempre, referido a la boca cuando esta era apenas perceptible por estar formada por labios excesivamente delgados y estar un poco hundida en la cara. Debe estar relacionada con la palabra sumidero

Zurriagas: plantas consistentes y flexibles

Zurríagazo: latigazo, golpe seco y fuerte

Zurrío: sinónimo del anterior, golpazo. Se debió acuñar para abreviar.

Tu siempre lo que has querido y quieres es “dibujar tu vida”, desde muy pequeño lo ves, vas haciendo en tu cabeza los dibujos en los que quieres que se transforme tu discurrir por el caminito, pero es inevitable, de vez en cuando te cae un borrón, de vez en cuando se te tuerce la línea, de vez en cuando tienes que sacar la goma de borrar y corregir el mal trazo,  de vez en cuando viene un compañero y te hace “gurrapatos” en el dibujo, pero serás afortunado si esto es así, y es sólo de vez en cuando…

Se ha escrito mucho sobre esto. Doctores tiene la iglesia que lo han escrito hasta en latín, pero necesitas expresarlo cuando vas siendo consciente de ello: se deja de vivir cuando nadie te necesita. La sensación más plena de vida es sentirte necesitado. Te intuyes el rey del universo cuando tu pareja te hace sentir que no puede vivir sin ti, te sabes mucho más rey todavía cuando tus niños, realmente, no pueden vivir sin ti, te consideras un poco reyezuelo cuando tus amigos cuentan contigo para todo, te sientes muy bien  cuando piensas que, en tu trabajo, tu sitio es difícil que lo ocupe otro con tanto acierto, te proclamas casi dios cuando haces gestos de bondad con los de más abajo. En todos estos casos sientes que te necesitan, te consideras un poco imprescindible. Es al envejecer cuando uno va siendo consciente de que no sólo ya no es imprescindible, de que ya no le necesitan, y esa no necesidad implica que casi estorbas. Es esa pregunta que a veces hemos oído a algún anciano: ¿yo ya qué pinto aquí? Es muy difícil, pero ese sería el gran secreto: estar vivo pintando algo.

Oct

19

Hablar

Hablar es vivir. La vida es una larga conversación con periodos de monólogo. Cuando dices las primeras palabras empiezas realmente a vivir. Los que te rodean celebran esas primeras palabras, tus avances en el lenguaje, tus errores. Se asombran. Tu primera infancia es la vida plena. Tú hablas y todos escuchan, todos quieren entenderte. A medida que vas creciendo los que te rodean ya hacen que te escuchan, pero no es así, ya mareas, ya te escuchan menos, fingen que lo hacen, es una farsa, lo que lleva, junto con otras cosas, a que, en la adolescencia, te encierres y hables lo justo y con las personas justas. Sigues creciendo y vas volviendo a hablar, pero ahora te escuchas a ti mismo, hablas otra vez, es interesante lo que dices, puede que los demás, cuando dejan de oírse a ellos mismos, te escuchen; y, finalmente, en tu vejez vuelves a callar, porque ya nadie te pregunta, porque ya molesta lo que dices, ¡qué lástima! ahora que podrías decir tantas cosas interesantes, ahora callas o hablas sólo.

Siempre me ha parecido algo grandioso pertenecer a una orquesta. Es el mayor acto de generosidad de alguien. Ese alguien que estudia duramente durante una vida, que trabaja y ensaya sin descanso, que domina ese instrumento que al resto de los mortales nos parece mágico, para después sumergirse entre una masa de personas anónimas a las que no ponemos nombre ni cara, sólo y exclusivamente para contribuir al milagro de la música, sin querer fama ni gloria exclusiva, individual. Es, sin duda, la negación de la vanidad que, más que el dinero, mueve el mundo. A esto hay que añadir que cada vez que interpretan su obra de arte, ésta se diluye en el aire, nada queda palpable, nada visible…Compárese esto con el afán infinito de cualquiera de aparecer,  aunque sea por unos segundos y mostrar al mundo sus caras, de dejar huellas en lugares visibles, de eternizarnos…

Cada septiembre parece el mismo, pero no lo es…

Cada septiembre te reencuentras, aunque no te busques…

Cada septiembre lloras un poco, sin embargo la causa es distinta…

Es dulce, prometedor, te incita a empezar cosas, pero te hace añorar las pasadas…

Es corto de luz y pleno de sombras, aunque el interior resplandezca…

Es otoño, es hogar, sin embargo tiene algo de llanto callado, de tristeza…

Añadimos palabrejas al diccionario:

 

Charamasca: nosotros lo utilizamos referido a una persona cuya opinión tiene poco crédito, de personalidad inestable, y cambiante.

Chilostra: cabeza. Se empleaba, fundamentalmente, para decir que te duele.

Chinchorrero: pendenciero, juerguista.

Chiquilicuatre: referido a personas sin mucha enjundia, tanto mental como física.

Chirlata: prácticamente, sinónimo de chiquilicuatre.

Chispero: agujerillo muy pequeño en una tela. Se supone que porque se había hecho con una chispa.

Chivitil: es para referirse a una habitación o casita muy pequeña. Es despreciativo porque es el lugar donde se recogían los chivos.

Chola: cabeza, pero en este caso se usaba en expresiones como “no me sale de la chola”.

Chorcha: mierda, cagada, generalmente de vacas o mulas.

Chuchurrío: con mal aspecto, arrugado, lacio…

Churlente: aplicado exclusivamente a la mierda cuando tiene un aspecto casi líquido.

Sep

11

Sensaciones

Hay una, sensación, desagradable sensación, que te proporciona el trato con algunos amigos y es la siguiente: sientes que en cualquier momento de tu conversación con ellos la vas a errar y caerá una espada sobre tu cabeza. Tienes que ir con mucho cuidado, lo que digas se volverá contra ti, instantáneamente, te dirán que te contradices porque tú antes no decías eso, o te dirán que siempre quieres tener la razón o te dirán cualquier cosa que te hará sentir mal y, casi siempre, escuchando poco, y con agresividad. ¿Qué subyace en esta relación? ¿envidia? No sé, al final te vas limitando con ellos en tus opiniones, vas recogiendo velas, vas siendo cauto, te vas encogiendo, como cuando pasas entre los arcos de alarma de una tienda con tu compra, sabiendo a ciencia cierta que tú no has robado nada, pero temeroso de que pite cuando tú pasas y quedes expuesto a la duda de todos los que volverán la cabeza.

¿Son amigos? Yo creo que son conocencias.

Era algo que le oía yo a mi madre: “procura darle anchuras”. Ella se refería  a alguien que estaba pasando por un mal  momento, que necesitaba ánimo, apoyo. Y la frase no podía ser más bonita. Había que hacer que esa persona lo viera todo fácil, agradable, ancho. Ancho para poder atravesarlo sin dificultades, con espacio y con luz, porque, en definitiva, nuestra vida, desde su arranque, es un pasar a través de algo. La gran suerte de esta vida es pasarla con alguien que te va dando anchuras, que excava a tu alrededor para que tú pasas con holgura, para que te deslices, para que no tropieces, y si, de paso, pone luz pues la travesía es perfecta.

Ago

17

Fenicios

Nos dejaron poco rastro de cultura, poca filosofía, poca huella profunda, pero nos dejaron una carga genética que aflora en algunos a poquito que toques. Y hay muchos, parece mentira que apenas nos rozaran las costas. A sus sucesores se les reconoce por frases como: “qué cara está la vida, cuánto se gasta, cómo sube todo”, repetido a diario, una y otra vez. Se les conoce también por su infinita cicatería. Abominan, por supuesto, de la hacienda pública. Otra seña de identidad es que se fijan mucho en los negocios ajenos: los que prosperan, los que se hunden, los que deberían ampliarse. Llevan muy bien las cuentas, las suyas y las otras. Tienen un impulso constante de vender, de vender lo que sea, de ganar, de ganar como sea. Si tuvieran barcos se lanzaban de cabeza a poner chiringuitos en el Mediterráneo. Dicen que crean riqueza, claro que sí, riqueza para ellos. Todos conocemos fenicios, quien no tiene un fenicio en su vida, algunos estupendos, pero estos son, básicamente, los que no han olvidado el alfabeto que nos regalaron.