El tren

Adoro el tren. Es corta la palabra y largo el tren. Es  símbolo de libertad aunque siempre tenga que ir por el mismo sitio, sin salirse, y no pueda elegir su camino. Es signo de progreso. Es algo que todos los niños sueñan con conducir si les preguntas que quieren ser de mayores. Es seguro, es rápido, es alegre, es escenario de grandes relatos, de aventuras fugaces, de misterios. Lo manejamos en nuestro vocabulario diariamente con otros significados: engancharse al tren, vivir a todo tren, llevar un tren de vida, el  tren de los deseos, tirarse al tren. Ahí está, pese a todo, desafiando, recordando vías muertas, abriendo otras a velocidad de vértigo y también arrastrando alguna pena, cuando, sin más remedio, ha tenido que llevarse a alguien que le eligió para terminar su historia.

Demostrativos fulminantes

“Señalan la situación espacial o temporal del nombre al que determinan con respecto al hablante”
Esa es una de las definiciones que se pueden dar de ellos. Pero realmente se le podía añadir: la situación emocional, ideológica…, y alguna más.
Estaba oyendo esta mañana hablar a Felipe González y, no lo recordaba, pero bien es verdad que acostumbraba a hacerlo, se refería a la oposición como “estos”. Decía: no pensarán estos que así lo arreglarán” y no podía haber en ese demostrativo que marca la proximidad o bien la distancia, tanto en el tiempo como en el espacio con relación al hablante, una mayor carga de desprecio, de superioridad, de lejanía, de muchas cosas y ninguna buena, pero sin duda, expresaba con sólo esa palabrita corta todo lo que algunos no saben decir ni con mil palabras. Es lo que tiene manejar la oratoria. Un simple pronombre describe una situación, un pensamiento, un reproche, una ideología de la que, bien es verdad, que nos pasa como con el demostrativo, ya no sabemos si lleva o no lleva tilde.

¿El día más feliz de mi vida?

Eso me pusieron en el recordatorio, pero no lo recuerdo yo así. El día de mi comunión fue un día de miedos, de incertidumbre, de incomodidad. Lo único que recuerdo bonito era el vestido blanco, largo hasta los pies que te equiparaba un poco con Sissi Emperatriz. Pero los zapatos me apretaban, los tirabuzones que me hicieron con aquellas horribles tenazas calientes que no eran capaces de dominar mi pelo liso, se deshacían por momentos sin esperarse siquiera a terminar la procesión. A esa angustia se unía la del pecado. Mi alma tenía que estar blanca como el vestido o más, y para eso yo había confesado convenientemente la víspera, pero tenía muy claro que cualquier sombra de malos pensamientos enturbiaría mi alma y ya no estaría dispuesta a recibir la gracia divina de aquel rito iniciático. Entonces caería en el sacrilegio. Tremenda zozobra la del infierno.
El calor era sofocante aquel día de mayo. Mi padre no quiso comulgar con lo cual, yo, como alguna otra más, quedamos señaladas, el trío en el reclinatorio para recibir a Dios estaba incompleto, yo en soledad con mi madre, pero con Dios, eso sí. ¿El día más feliz de mi vida? Creo que los ha habido bastante mejores.

La gente de Madrid

Para mi abuelo era fascinante. Mi abuelo era un hombre de pueblo, como yo, que cuando llegaba a Madrid, muy de tarde en tarde, porque entonces sí era una aventura ir a Madrid, pues él no salía de su asombro y lo repetía una y otra vez:
“tú llegas a Madrid, las calles están llenas, no se puede andar de la gente que hay, te vas al teatro y está lleno, si entras a una cafetería, a tope, comerse un pastel en la Mallorquina tarea para esperar, si vas a los toros la plaza de bote en bote, y del metro ya no hablemos, pero lo mejor es que tú vas a las casas, y allí también hay gente” ¡Gran misterio!
No salía de su asombro y de alguna manera me lo transmitió a mí y hoy, curiosamente, leyendo en El País a Eduardo Verdú, me ha venido a la mente esa imagen de mi abuelo asombrado y he comprobado que esto sigue pasando, que Madrid es un lugar donde el exceso de gente es eterno.

Recuerdos de una guerra

Lo ha escrito Teresa y vale para cualquier guerra.

Llegaste como si nada, con un susurro que no pude comprender y entonces, sin explicación alguna, te volviste a ir. Fue la primera de muchas ocasiones.A veces te escondías entre las esquinas de la escuela. Tú evitabas que el rugido y la furia de los morteros me asustasen. Improvisabas muecas y guiños incluso detrás de la maestra, que también fingía que no ocurría nada. Me hacías reír mucho, las carcajadas despistaban a mis compañeros, sin embargo, la profesora no se enfadaba,  bastante tenía con impartir clase mientras el fuego y el  humo resbalaban por las paredes del cielo.

Me gustaría abrazarte en agradecimiento por salvarme tantas veces y lograr que no me alcanzara la metralla, ¡estuvo tan cerca!

Quiero que vuelvas y te quedes, dormirme sobre tus piernas y que me cuentes historias de nuevo. Papá dice que no puedes, llora mientras me explica que estas muerta.

Todos lloran aquí madre, yo también  lloro mucho y  te llamo entre sollozos las noches que no apareces. Luego me calmo y pienso en tus brazos que siempre me han protegido. En que quizás mañana regreses y pueda, por fin, olvidarme de esta guerra.

Teresa Martín Gómez

Las dulcineas

Conozco a varias, o quizás a muchas, es cuestión de verlo despacito, porque incluso algunas que no parecen serlo, si rascas un poquito, aparece la dama.

Son mujeres que necesitan un caballero a su lado, en su vida, alguien que les libre del dragón, que de la cara por ellas y si es posible que se la partan porque así serían más caballeros ellos y más dulcineas ellas, ¡donde va a parar!, alguien que deshaga sus entuertos, que les suelte loas en el momento preciso, y que lanza en ristre vaya abriendo sus caminos y limpiándolos de gigantes amenazadores.

Es una pena, porque algunas de estas dulcineas son muy válidas, ellas solitas podría manejar la lanza, pero es mucho más dulce cobijarse bajo la sombra del escudo de su caballero y entretenerse en sacarle brillo.

Abuel@s

Están en ascenso: crían nietos, ayudan a pagar hipotecas, viajan y llenan hoteles en temporadas bajas. Es una marca que vende: las patatas del abuelo, la fabada de la abuela, el espetec de toda la vida. Anda que el abuelete de la coca-cola no mola. Yo tengo una amiga que lleva escrita su parrafada en un cuaderno, en el bolso y en horas bajas lo saca, lo lee y tira palante; pero no nos engañemos, los abuelos valen mientras sirven. Los abuelos ya no cuentan cuentos, porque claro, con ese aspecto que tienen a los sesenta lo suyo no es contar cuentos sino hacer Pilates; ya no dan consejos, ¿quién está para escuchar monsergas? Ya no se sientan mano sobre mano, como la mujer del escribano, y proyectan esa sombra de paciencia y paz que nos cobijaba a los niños de mi entonces. Los abuelos llevan la misma carrera enloquecida que todo su entorno y, cuando esa carrera se para es porque no sirven. Su sitio ya no está en el sillón al calorcito de la mesa camilla, ni en la sillita baja, al solecito de su puerta en otoño, su sitio es amplio y triste, su sitio es una residencia estupenda, limpia, con jardines y poseída por la infinita Soledad.

Palabritas que se van perdiendo

Para añadir a nuestro diccionario pueblerino, con la P:

Papo: nada que ver con el significado que da la RAE, aquí ser un cacho papo define a una persona simplona, bobalicona y fácil para ser engañada. Se dice más referido a mujeres, (de todos es sabido que somos más tontas…)

Patabuche: se aplica sobre todo a una sopa de fideos muy espesa: “esta sopa está como patabuche”, quiere decir que si dicho buche metiera una pata se quedaría atascado sin poder sacarla. (Doy por hecho que todo el mundo sabe que buche es un burro joven)

Pecerolo: persona sumamente torpe.

Pelicana: contrariamente a definir a una persona de pelo cano, en este pueblo, vaya usted a saber por qué, define a alguien de aspecto sucio, desharrapado, pero siempre mujer.

Pendengue: coger el pendengue es emprender la marcha de forma rápida y repentina hacia algún sitio, caminando.

Purrela: los restos, lo que no quiere nadie, de baja calidad.

Cosa hecha puede más que dios

Es una frase que repetía a menudo mi abuela. Y mi abuela era lista, muy lista. Nunca aprendió a leer y escribir, pero en cambio su cabeza funcionaba como una calculadora, hacía cuentas que asombraban a los más leídos del lugar que siempre remataban el asombro diciendo: María, si a ti te hubieran dado estudios por lo menos ministra. Yo estoy convencida de eso. Mi abuela hubiera llegado a lo más alto. La frase en cuestión la oía yo como un soniquete, pero poco a poco fue ganando significado para mí y evitándome mucho sufrimiento, muchos lamentos y mucha ahorro de energía. La tengo como uno de mis diez mandamientos particulares. Me la repito en el momento antes de empezar algún llanto y funciona. Bien es verdad que con ella me viene a la memoria también la apostilla que le ponía mi abuelo por lo bajini: “pero no más que Franco”. Afortunadamente, éste ya no está porque puede que mi abuelo tuviera razón.

El moro

Yo tengo un amigo que conoce a un moro que nunca había visto salir el sol en el mar. Y dice que le preguntaba cada día: pero, sale mojado ¿no? Mi amigo le ha explicado muchas veces que no, que el sol sale sequito. Aún así el moro no se lo cree. Y todavía, a pesar de todo, por las mañanas, se le puede ver allí, al lado del mar,  fijando su mirada de arena en la raya del horizonte y se asombra, y sigue maravillado el ascenso del sol y  espera día tras día ver escurrirse despacito esas gotitas de mar que no logran apagarlo.

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