Mi tío de América

Yo cuando era pequeña me inventé un tío. Desde luego vivía en América, como no podía ser de otra manera, para nosotros todo lo bueno venía de América, incluido Mister Marshall. Aquel tío me solucionaba todos los problemas. Le puse un nombre poco americano, la verdad. Otro día lo diré, mejor dejarle en el anonimato ahora. Yo lo hacía aterrizar en la cañada de mi pueblo, y nadie lo veía, claro, pues anda que no tenía yo recursos para preparar la coartada…. Él traía cosas impensables de ultramar, todas mis amigas querían verlo, se morían por verlo, pero no les fue posible. Mi tío andaba a deshora, siempre tenía prisa, y sus aviones iban y venían a mi antojo sin reparar ni en tiempos ni dineros.
Cómo lo echo de menos ahora, qué vía de escape era, mucho mejor que una varita mágica, estoy por resucitarle y ponerle a trabajar. Nada mejor que un tío así en tiempos de crisis. De todas las crisis. Anda que no le vendría bien uno a Zapatero. Algunas amigas mías de ahora se lo van a creer mejor aún que las de mi infancia. Estoy segura. Puede que lo haga. Puede que le diga: “levántate y anda”.

¿La Campanario o la Esteban?

España está dividida. Siempre tiene que haber dos Españas. Es mejor, porque si no te gusta una te pasas a la otra. Es fácil. A lo nuestro. ¿Cuál de las dos? La Esteban lista, muy lista, lleva once años viviendo de un torero y viviendo bien, porque lo que cobra por vomitar palabruchas y exabruptos contra su torero y demás ganaderías, ya quisiera ganarlo el nigeriano, muy negro él, que habla cuatro idiomas, que es educado y considerado, que utiliza los baños públicos porque no tiene casa y que por no tener no tiene ni mendruguillo de pan que echarse a la boca.
Lo otra es la Campanario, también lista, pescó al torero de la Otra, pero por la iglesia, como Dios manda, es la legítima, la que manda, la que organiza las Ambiciones de todos.
Ahí están las dos, entreteniéndonos las tardes de este eterno y calenturiento agosto.
Todo el mundo las conoce, el que diga que no, miente y quiere ir de “otra cosa”, bueno, creo que todo el mundo no, mi amigo Isidro nunca ha oído hablar de ellas, él me lo ha dicho y yo le creo. Es único.

Eterno agosto

A mí, por lo menos, se me hace eterno. Es un mes sin vida, todo está parado. Eso sí, sirve para reflexionar, para observar mejor a tus amigos, a tu pareja, a tus vecinos… En agosto tú te sientas y miras. Las cosas que con el ir y venir del año pasan desapercibidas en agosto se agrandan, se dilatan, algo tendrá que ver el calor. La gente se aferra a él con desesperación: hay que hacerlo todo en agosto, viajar, comer distinto, beber mucha cerveza, ver a la familia, bailar en las fiestas del pueblo, ir a las rebajas… Al final es la nada más absoluta. Suerte que enseguida llega septiembre con su fresquito, sus dietas sanas y sus miles de proyectos.

Los amigos que te llevan las cuentas

Son de tantas formas y colores…, pero hoy nos vamos a detener en los amigos “que te llevan las cuentas”. Son muy útiles. Sienten pasión por los números. Ellos saben, porque calculan muy bien, lo que ganas, lo que gastas y por consiguiente lo que queda limpio. También echan cuentas sobre lo que te queda para jubilarte, sobre el año que te casaste, cuántas novias ha tenido tu hijo, cuánto hace que no coges vacaciones, sobre las veces que te has puesto un vestido para una boda, yo qué sé, cuentas y cuentas. Y por supuesto llevan bien contabilizados los años que vas cumpliendo, y no se te ocurra quitarte alguno en un arranque de coquetería porque rápidamente saltará ¡seguro, tú tienes cien!  Estos amigos son mis favoritos, te ahorran energía y si un amigo es un tesoro, estos por lo menos son dos tesoros.

¿Qué?

Cuando veo una foto de alguien que ya no está, es fácil ver lo que exteriormente se quedó aprisionado para siempre. Estoy viendo a mi madre, guapa porque realmente lo era, endomingada, con su mejor vestido para la foto, pulcra, con un reloj en su muñeca que entonces estaba de moda, sus zapatos topolino, su sonrisa forzada para la posteridad, pero ¿qué había en su pensamiento, qué ilusión, qué esperanza, qué futuro vislumbraba? Tenía dieciocho. Daría algo muy importante, muy valioso para mí, por saber que estaba pensando. A ver si van inventando ya las cámaras maravillosas que atrapen el pensamiento.

Turistas compulsivos

Ellos no quieren ver las cosas allí, las quieren ver aquí. Con la cámara digital ha nacido un nuevo grupo de turistas, los compulsivos, son los que no miran las cosas, sólo las fotografían, pero las fotografían hasta los más mínimos detalles: cada capitel, cada moneda de los museos, cada frontispicio, todo, todo queda congelado dentro de su cámara. Están al acecho y si ven a otro tomando un determinado encuadre, allí están ellos, esperando que quede el sitio libre, no se le vaya a escapar lo mejor. Y si el guía llama la atención sobre algo en especial la lluvia de flashes que le cae encima a aquel algo lo derrite al momento ¡Como no cuesta! Qué nostalgia produce el recuerdo del carrete que antaño nos hacía detenernos, pensar cómo lo poníamos, cómo lo quitábamos no lo fuéramos a velar, y luego llevarlo a revelar y recogerlo con la ilusión de ver qué habíamos hecho. ¡Todo un ritual! Lo de ahora parece un poco penoso, le ha acabado de quitar al turista lo poquito que pudiera tener de viajero, pero desde luego, lo que realmente debe ser penoso es cuando todo aquello que trae en su cámara se empeñe en enseñárselo a sus víctimas, porque para eso lo hace, claro está.

¿Por qué corren?

Lo veo cada día, porque cada día entierran muchos muertos. Son los musulmanes. En Irak, en Marruecos, en otros sitios parecidos. Cogen sus muertos y emprenden una carrera hacia la desesperación. Yo tiemblo esperando siempre ver caer al muerto entre los pies de los que le vuelan por las calles polvorientas, entre velos negros y barbas mal apañadas. Recuerdo, en cambio, la infinita parsimonia con la que pasaba un entierro por las calles de mi pueblo, marcando el paso al doble de las campanas, despacio, muy despacio, no queriendo llegar nunca. ¿Qué nos diferencia tanto en esto siendo tan iguales en otras cosas? Debe ser cosa de Alá.

La pareja de moda

Cierto, está de moda y más que lo va a estar. Llenan nuestras calles, nuestros parques, nuestras consultas médicas: viejecita en silla de ruedas y rumana joven y altiva, viejecito un poco babeante y sudamericana redondita y alegre, más viejecitos con morita, otra rumanita y caribeñas variadas, llenas de alegría y cariño. Nos traen lo que nos falta, la compañía, los cuidados, y recogen lo que nos sobra, lo de menos valor, y la pareja dura hasta que la muerte los separa. Según pintan los tiempos más tarde o más temprano vamos a ser parte de esa pareja. Lástima que sólo vamos a experimentar una parte, estaría muy bien que todos pasáramos, aunque fuera poco tiempo, por la otra.

Con la letra R

Me acuerdo de estas palabrejas que acompañaron mi infancia y ya casi nadie usa. Para que no se pierdan:
Rabisca: persona de mal genio, que fácilmente coge una rabieta.
Recortejana: se dice de una prenda de vestir que anda escasa en el largo. También se solía emplear para personas bajitas.
Rehilar: temblar. En la frase: “le rehilo”, queríamos expresar: le temo.
Repeyendo: estarle a uno una prenda de vestir muy pegada al cuerpo, por ejemplo una falda.
Respailando: salir respailando, es salir poco airoso de una situación, huyendo en cierta manera.
Roznar: masticar con ruido algo duro,  ¿caramelos?

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Sabores, olores, colores…

Cuando llega el verano se multiplican. Y también se añoran. Sabores: imposible encontrar el sabor de un tomate como los de antes, de una fresa, de un melón… ¿Tendremos que renunciar para siempre a ello? Te viene a la mente aquel momento mágico en el que tú partías un tomate y el sabor a verano te invadía el cuerpo, y el olor a tomate te invadía el alma, y el color de tomate deslumbraba tu vista. ¿Tendrá esta generación que acaba de nacer la desgracia de no saber qué es un tomate verdadero? ¿Cómo es posible que estemos renunciando a cosas tan simples y tan fundamentales? Cuando tengo en mis manos uno de estos amagos de tomate, simples, inodoros, verdosos, me acuerdo de la copla:
“Tomate, qué culpa tiene el tomate
de haberse criao en la mata
pa que venga un tío malaje
y lo convierta en desgracia”
Delirio de los treinta y ocho grados a la sombra

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