Jun

8

Elena seis

eleSi alguna vez lees y ves las cosas que te escribo, tienes que saber que ahí, en esa foto, estabas tú, sonriente, optimista, tranquila, esperando siempre lo mejor, y dispuesta para irte de aventura con tu colegio, tres días, a las Ardenas, con tus seis años y tus miles de sonrisas y alegrías.

 

Si es verdad, aquello de que, una persona es de adulto lo bueno que tenía de niño, espero que te lleves a tu madurez tu alegría, tu viveza, tu sentido del humor, tu optimismo, tu buena tranquilidad y, de paso, te lleves también esa adoración que sientes por tu padre, tu héroe… Y una vez superada, como será, esa etapa inevitable, molesta, e incluso dolorosa, de la adolescencia, donde pondrás en cuestión todo lo dicho por él y que ahora te parece la ley a cumplir, sigas a su lado, oyéndole, queriéndole y valorándole.

 

Felicidades, Elena, por tu cumple y porque cada vez son más las cosas que te hacen diferente de los demás. Tú pones empeño en que así sea y lo consigues. Tienes fuerza…

 

May

15

Mi bastidor

bastidor-de-bordarImposible olvidarlo. Marcó un antes y un después en mi vida.

 

A mí, como a tantas otras niñas de mi generación, los Reyes Magos, en uno de sus viajes, me trajeron un bastidor porque escrito estaba: “toda mujer que se precie de serlo, sabrá cocinar, coser y bordar…”

 

Y a ello me puse con empeño. Contaba con una prima soltera de mi madre de la que todos decían que tenía manos primorosas para las labores. La María me fue iniciando en el arte de la aguja y según decía ella, yo bordaba como una verdadera monjita.

 

Pero esta no es la cuestión que quiero recordar. Lo que se quedó grabado en mi cerebro y nunca olvidé. Yo debía tener unos diez o doce años, que precoz siempre fui para el aprendizaje, y, aquel bastidor, a fuerza de usarlo se estropeó. Ya no tensaba la tela como era necesario, ya  no daba gusto oír el clack de la aguja traspasando la tela, ya no servía…

 

Yo sabía que eso tenía arreglo y como es natural volví los ojos a donde siempre lo hacía, a mi madre. Mi madre miró aquello y sin pensárselo me dijo: esto está roto, no tiene arreglo. Yo sabía que comprar otro era harto difícil, eran tiempos de arreglar y no de tirar. Me senté en la escalera del patio, al solecito, triste, pensando, pero decidida a solucionar. Y así fue, solucione aquello y no solo solucione, si no que, a partir de este preciso momento, comprendí que ese era el punto de partida en el que mis problemas eran míos, el momento en el que se iniciaba mi independencia. Solo un pequeño inconveniente, que como empecé tan pronto a solucionar los míos, enseguida tuve que empezar a solucionar muchos ajenos, y ahí sigo…

alvaroHoy hace ocho años. Recuerdo tu salida triunfal al mundo. No podía haber más gente aguardando. Fuiste muy esperado, muy deseado, muy querido…

 

Ya salías mirando alrededor, lanzando preguntas con la mirada, estoy segura…, y, desde entonces, no has dejado de mirar, curiosear, preguntar, moverte sin parar, tanto te mueves que ahora lo que nos planteamos es cómo pararte…

 

Falta muy poco para que los que te rodeamos no sepamos que contestar a tus preguntas, nos pones ya un grado de dificultad, alto, muy alto para tus ocho.

 

Tu progresión en la vida es positiva, es adecuada, das muchas satisfacciones a los que te rodeamos y tú, creo, eres un niño feliz.

 

Vamos a por los nueve, acercándonos ya a esa etapa que todos los padres temen, la adolescencia, esperemos que la pases triunfal,  con el menor sufrimiento posible. Tu abuela va a estar aquí para echarte una mano, siempre…

Hilos-de-agua-cayendo-por-la-ladera-de-la-pendiente-boscosaAparecen cuando menos te lo esperas. Son los hilillos de agua que te anuncian que vas cuesta abajo, que no controlas, que en cualquier momento te estrellas.

 

Por ellos se te empieza a escapar la vida. No se pueden dirigir, el cuerpo ya no tiene energía para mandarlos, para encauzarlos…

 

Puede empezar por los ojos, esas lágrimas que se caen y no expresan ningún dolor, sino vejez. Puede ser el goteo de la nariz que, sin tú sentirlo, te llega al suelo. O la baba por la comisura del labio a la que no sujetas, a la que ni siquiera sientes. O el hilillo más humillante, el que se escapa de tu vejiga, el que te hace necesitar un pañal y un vigilante que lo cambie.

 

Es el río de la vida que se te va, que busca salidas, que abandona un lugar que ya siente frío y poco acogedor, que, en definitiva, ha cumplido el ciclo del agua, el de la vida…

Un día es una vida entera:

 

Naces al alba, vas creciendo lentamente durante el desarrollo de la mañana; alcanzas la plenitud de tu madurez al mediodía, donde tus fuerzas son todas; a media tarde vas sintiendo que declinas suavemente, que la energía te abandona, que la luz va despareciendo. Ya sabes que ha llegado la hora de vestirte para dormir, de poner a mano aquello que puedas necesitar, te invade la angustia de cerrar los ojos sin saber si volverán a abrirse. Oscuridad absoluta, horizontalidad, ruidos sospechosos. Es el final del día, pero tú siempre te duermes esperando la resurrección…

57c4452e-0fb2-4cb6-a9a6-59ba6ecbca75Era un abuelo de libro: paciente, tranquilo, contador de cuentos todas las veces que tú quisieras.

 

Su vida estuvo pegada a la tierra. Campesino amante de lo que hacía. Interpretaba el cielo, predecía la lluvia y la helada, conocía las reacciones de los animales. Austero, trabajador, atado a la tierra como aquellos olivos que hundían sus raíces desde hacía más de cien años, según él, con mucho misterio me contaba. Seleccionaba las hierbas. Acariciaba los higos, horas y horas sentado al sol, hasta que los veía planitos y secos, en aquella estera, al sol de su gran corral. Luego los guardaba cuidadosamente, secos, en una caja, en el doblao, y en invierno, cuando las bellotas caían de las encinas, nos enseñaba a hacer “turrón de pobre”.

 

El se sentaba a la cabecera de mi cama cuando yo tenía fiebre y me contaba mil veces, sin cansarse nunca, aquellos cuentos aterradores, “El Malacatán”, “La Mampena”, “Juaneloso” “El robo del tío Cardielo”…, basados en sucesos pueblerinos que, a mis cinco o seis años, me aterrorizaban y me hacían soterrarme debajo de las sábanas.

 

Contaba con mucho orgullo como su abuela Manolona fue una mujer rica, con grandes rebaños de ovejas y muchas tierras que sembrar.

 

Su muerte fue mala, muy mala, recuerdo sus gritos de dolor, del dolor que le producía la amputación de una pierna que le devoraba la gangrena…

 

Pero ese no es el recuerdo que me acompaña de él, de él quiero conservar su aureola de bondad, bondad y honradez de hombre de campo.

guarroCada año por San Antón, 17 de enero, hace mucho, mucho tiempo, yo tengo apenas recuerdos, se echaba a la calle un cerdito pequeño, al que los vecinos del pueblo alimentaban durante todo el año con sobras de comidas y otras cosas que había en las casas. El cerdo iba creciendo y se iba haciendo familiar para todos. Vivía, crecía y dormía en la calle. El cerdo, el día de San Antón, se sorteaba entre los vecinos y el afortunado hacía una buena matanza y debía echar a la calle el nuevo cochinillo para repetir la historia.

Este cerdo sin techo buscaba comida y compañía durante todo el día, pero eso sí, a los niños se nos decía que podía ser peligroso. Aún recuerdo a mi abuelo como, con voz misteriosa y preocupada me contaba, como, una vez, el guarrantón entró al patio de una casa donde había un niño muy pequeño sentado en el suelo sobre una manta y se comió las manitas del bebé. Creo que esto era una leyenda rural, que no urbana, que se transmitía de generación en generación para mantener a los más pequeños alejados prudencialmente del guarro. Y también recuerdo como, tu madre, tu abuela, si tú pasabas en la calle más tiempo de lo que a ellas les parecía prudencial te soltaban: “eres como el guarrantón, to el día en la calle…”

Parece ser que esta costumbre, en muchos pueblos de España, se remonta a finales del siglo XVIII y principios del XIX. En los meses de febrero o marzo de cada año, alguna persona regalaba un cochinillo, al que se le ponía al pescuezo una cinta de color y se le cortaban las orejas y el rabo para que supiesen que se trataba del conocido, “GUARRO SAN ANTON”. Los vecinos de la localidad lo alimentaban hasta el día de la celebración (17 de enero), con la finalidad de darlo como sustento a los más pobres.

En mi pueblo, desde luego existió, y algunos podemos dar fe de ello sin ser de la Edad Media.

Noventa y tres años. Se ha metido en una partida de dominó y lleva una semana sin poder parar de jugar. A él siempre le gustó jugar, a todo: al mus, al julepe, al tute, al ajedrez, y al dominó…

 

Mi madre despreciaba que fuera un “jugaor”, que era como ella le llamaba, porque en el casino de mi pueblo se jugaba los cuartos sin reparo alguno, y lo hacía por la noche, hasta altas horas. Esto era motivo de grandes trifulcas familiares.

 

Ahora, a muchos años de distancia, veo las cosas de otra manera. Ahora, con la tranquilidad y el buen juicio que te va dando lo vivido, le veo como una persona muy frustrada, muy a la sombra de mi madre que era una mujer adelantada a su tiempo, inteligente, sensata y hasta muy guapa. Él la quería como a nadie de las personas de su vida, incluidos nosotros, sus hijos, pero al mismo tiempo, sabía que él no estaba a su altura y su convivencia llegó a ser muy difícil, siempre, creo que tuvo en el pensamiento que ella, un día, se iría sin decirnos nada.

 

Desaparecida ella, nunca pudimos pensar que se convertiría en el anciano que ha sido, complaciente, tranquilo, sin querer darnos problemas, callado y resignado.

 

Nunca sabremos si la partida que está jugando la ha ganado o la ha perdido, pero es un consuelo saber que, quizás, se vaya va a ir haciendo una de las cosas que más le gustaba hacer.

Nov

20

Los Moros

Mi generación jugaba a juegos como uno que decía: (agarradas de la mano, en corro y al oído de la de al lado que se lo transmitía a la siguiente) “qué vienen los moros”, “¿con qué los mataremos?”, “con un fusil, con un fusil…”

 

Mi madre vio como su pueblo, después de la Guerra, se llenaba de moros impresionantes, de los de Franco. Ella me contaba que los temía, que eran traicioneros, que eran guarros, (según ella uno se cagó en la primorosa colcha blanca de ganchillo de su amiga Almudena), todo porque la Almudena le dio calabazas…

 

“Me cachi en los moros”, decía mi abuela cuando algo le salía mal…

 

¿Quién no ha oído alguna vez lo de “leña al moro”?

 

Nada de esto se puede decir, nada de esto se puede contar, pero se ve que ellos lo han ido oyendo, pensando, almacenando y debe ser por eso que ahora nos matan, si no, no me lo explico…

Nunca había sentido esta sensación, pero llevo un cierto tiempo sintiendo que, a menudo, transito por un campo de minas. Es cierto que yo he sido siempre de un pisar leve, de un deslizarme de forma casi etérea y eso me va valiendo, pero estoy cansada, horriblemente cansada de este caminar sin molestar. Tengo la necesidad de pisar fuerte, de dar pisotones…

 
Si no fuera porque yo volaría por los aires, me encantaría ir dando sonoros pisotones sobre cada mina que me han colocado para tentarme, para ver si entro al trapo, para el ensañamiento, para la sangre…

 

Aunque tengo la absoluta certeza de que, cumplido un tiempo, un tiempo en el que ya nada me importe, porque estaré más cerca de allá que de acá, podré saltar sobre las minas y lograr que todas exploten y que más que volarme a mí dejen al descubierto la mala intención y la perfidia de los que me las colocaron y sobre todo, porque al otro lado del campo de minas veo, no la felicidad, sino algo mucho más importante, LA TRANQUILIDAD…