Se les ve venir. Por malos caminos, claro. Son aquellos ¿amigos? que blandiendo el argumento de que ellos son tan sinceros…, te machacan, te agreden, y están deseando decirte lo mal que te ven, aunque bien es verdad que, a veces, dicen entre medias, quizás conscientes de su malicia, “pero en cambio tienes otra cosa buena”, que luego si analizas no suele ser tan buena. Esto es la sinceridad. Cuántas tropelías se cometen en su nombre y en cambio cuando la pedimos, cuando se necesita, no está nunca.
Y siempre te quedas con las ganas de decir: pero, vamos a ver, a ti quien te ha pedido que seas sincero.
Lo tengo dicho: contra sinceridad delicadeza.
Quien no tiene respeto a las palabras no tiene respeto a nada. Desde que yo tengo recuerdos tengo aquella sensación de no querer pronunciar una palabra hasta no tener la plena seguridad de que era esa y no otra, y con aquellas letras exactas lo que yo quería decir. Yo esperaba a verla escrita para poder hacerla mía, de mi uso, y me aseguraba y me aseguraba, de que era ese el significado que yo le atribuía y no otro.
A menudo te encuentras en situaciones, y cada vez más, con gente que escupe palabras. ¡Con lo fácil que es sustituirlas por aquellas que dominamos¡ Pero no debe ser así. Hay un convencimiento de que si hablo con palabras más “escogidas”, yo soy más importante y así me encuentro con alguien que en una tienda pide a mi lado una chaqueta que le haga más esterilizada y además alardea de tener un anillo con una piedra tan grande como la cópula del Vaticano. Me pasó ayer.
Difícil, es muy difícil dar la talla, porque existe aquello de las dos varas de medir, y siempre con la más larga medimos a los demás, y no llegan, no llegan…
En tiempos en los que los mozos hacían la “mili” al entequillo que no daba la talla le perdonaban aquel año de servicio a la Patria, porque de todos es sabido que la patria quería hombres de buena talla.
Ahora en tiempos sin “mili” siguen muchos sin darla, pero de qué les sirve, ya la recompensa no existe y en cambio, no dar la talla en tiempos en los que la especie ha mejorado notablemente, no dar la talla es duro, muy duro…
Esta vez con la G, vamos a añadir unas poquitas palabras más para nuestro palabrario:
Gachupear: comer un poco de una comida antes de ponerla en la mesa, cosa que no era bien vista por tu madre.
Gambeto: abrigo indefinible.
Garipotaina: lío, mezcla de cosas.
Gurripache: persona bajita y gorda.
Gurruñío o gurrumío: persona poco vistosa, encogida, delgaducha…
Miedo me da el que dice que hay que tener amigos hasta en el infierno. Son personas que acostumbran a resolver sus cosas utilizando las puertas de atrás.
Yo no quiero tener amigos en el infierno, mis amigos quiero que todos vayan al cielo y allí encontrármelos, faltaría más.
Ahora está de moda ser humilde, pero las monjas de mi colegio siempre lo decían: hay que ser humilde, lo dice sabiamente el evangelio en palabras de Cristo: “el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. A mí esto siempre me sonó a monserga de monjas, a religión de Trento, pero es ahora, cuando ya he rodado un poco, cuando lo estoy comprendiendo.
Parecía que esto chocaba frontalmente con las teorías modernas, con acento argentino de la autoestima, que nos vienen a decir que hay que mirarse cada mañana en el espejo y repetirse: soy el mejor. Falso, nada más falso. El que tiene que ver que eres el mejor es el de enfrente, ese es el que subirá tu autoestima con el reconocimiento de tus méritos, ese reconocimiento social que surge de tus acciones y de la percepción por los otros, pero que tú no deberías saber que en realidad los tienes. Complicado. No nos gusta ver a nadie que se encumbra solo, queremos empujar los demás para ayudarle a subir, pero ojo, una vez arriba, sigue humilde, porque con la misma facilidad que te suben te despeñan.
Y esto lo han aprendido muchos, porque hay que ver como van por la vida de humildes los más renombrados, pero cuidado, esa es la falsa humildad, y eso merece capítulo aparte.
Se las pone en cuarentena, porque se vician, se contagian de aquello a lo que representan, pero bien es verdad que, una vez pasado el proceso de catarsis, las recuperamos y las hacemos valer con más fuerza, las volvemos a dar el lugar que tuvieron, incluso empleándolas con afán reivindicativo.
Se me ocurre como ejemplo la palabra maestro. En un tiempo profesión muy respetada y útil socialmente. Llegaron después malos tiempos para la cultura y el saber y el maestro se convirtió en sospechoso, ganaba poco y como consecuencia socialmente no brillaba. Cualquiera hacía una “carrerita” de maestro con poco esfuerzo intelectual. Así las cosas, la palabra fiel acompañante de la persona fue perdiendo lustre, nadie quería ser maestro, todos querían que les llamaran profesor. Hasta ahí, hasta hace unos años que hemos rescatado la palabra, la hemos sacado brillo, hemos echado mano de su etimología y, venga, otra vez a cumplir su función: enseñar, instruir, ser modelo…, a ver si puede ser.
Mira que yo quería que ganara Obama, pero nada más que lo he visto, me ha vuelto aquella parte rebelde de la infancia que me ponía de parte de los indios en las películas, y empiezo a ver a Obama como un Negrito Light, inconsistente, nieto de abuelita rica, con familia que parece de atrezzo, con lágrimas de glicerina, y abatible como tartita de chocolate. Ya, de haber ganado, y haber convertido la White House en Black House, qué buena falta hacía, por lo menos, que hubiera sido alguien con la planta de Kunta Kinte.
Yo, desde que sé que Maradona es dios, vivo mucho mas tranquila. Donde va a parar, del dios de la túnica y las barbas con el triángulo en la cabeza, todo el día amenazando con el infierno, a éste con pantalón cortito y camiseta de rayas azulitas, que va y viene a Cuba, que engorda y adelgaza a nuestra imagen y semejanza… Este dios no te la puede liar de ninguna manera. Además del otro decíamos: el padre es dios, el hijo es dios, y el espíritu santo es dios, demasiadas divinidades. Y ahora, nada, sólo Maradona es Dios. Y además me han dicho que tiene un amigo al que le sobra el petróleo, y eso, ahora mismo, es una garantía para seguir siendo Dios.
Mira que me gusta cuando oigo a alguien echar la culpa del error fatal al sistema. Es frecuente y además suena siempre interesante, parece que el que lo dice es persona enterada, pero que muy enterada. Me deslumbran. Por el maldito sistema, hoy he oído que falló la no sé que secretaria judicial del juzgado de Sevilla; por el mismo fallo del sistema hay fracaso escolar; por el sistema hay errores médicos, ¡faltaría más!; por ese nefasto sistema hay accidentes de circulación. Yo estoy deseando que las amas de casa que cocinan, que planchan, que rompen algo al limpiar el polvo, monten en cólera y cuando alguien les haga el más mínimo reproche al respecto, echen la culpa ¡AL SISTEMA!