Para mi abuelo era fascinante. Mi abuelo era un hombre de pueblo, como yo, que cuando llegaba a Madrid, muy de tarde en tarde, porque entonces sí era una aventura ir a Madrid, pues él no salía de su asombro y lo repetía una y otra vez:
“tú llegas a Madrid, las calles están llenas, no se puede andar de la gente que hay, te vas al teatro y está lleno, si entras a una cafetería, a tope, comerse un pastel en la Mallorquina tarea para esperar, si vas a los toros la plaza de bote en bote, y del metro ya no hablemos, pero lo mejor es que tú vas a las casas, y allí también hay gente” ¡Gran misterio!
No salía de su asombro y de alguna manera me lo transmitió a mí y hoy, curiosamente, leyendo en El País a Eduardo Verdú, me ha venido a la mente esa imagen de mi abuelo asombrado y he comprobado que esto sigue pasando, que Madrid es un lugar donde el exceso de gente es eterno.

Lo ha escrito Teresa y vale para cualquier guerra.

Llegaste como si nada, con un susurro que no pude comprender y entonces, sin explicación alguna, te volviste a ir. Fue la primera de muchas ocasiones.A veces te escondías entre las esquinas de la escuela. Tú evitabas que el rugido y la furia de los morteros me asustasen. Improvisabas muecas y guiños incluso detrás de la maestra, que también fingía que no ocurría nada. Me hacías reír mucho, las carcajadas despistaban a mis compañeros, sin embargo, la profesora no se enfadaba,  bastante tenía con impartir clase mientras el fuego y el  humo resbalaban por las paredes del cielo.

Me gustaría abrazarte en agradecimiento por salvarme tantas veces y lograr que no me alcanzara la metralla, ¡estuvo tan cerca!

Quiero que vuelvas y te quedes, dormirme sobre tus piernas y que me cuentes historias de nuevo. Papá dice que no puedes, llora mientras me explica que estas muerta.

Todos lloran aquí madre, yo también  lloro mucho y  te llamo entre sollozos las noches que no apareces. Luego me calmo y pienso en tus brazos que siempre me han protegido. En que quizás mañana regreses y pueda, por fin, olvidarme de esta guerra.

Teresa Martín Gómez

Conozco a varias, o quizás a muchas, es cuestión de verlo despacito, porque incluso algunas que no parecen serlo, si rascas un poquito, aparece la dama.

Son mujeres que necesitan un caballero a su lado, en su vida, alguien que les libre del dragón, que de la cara por ellas y si es posible que se la partan porque así serían más caballeros ellos y más dulcineas ellas, ¡donde va a parar!, alguien que deshaga sus entuertos, que les suelte loas en el momento preciso, y que lanza en ristre vaya abriendo sus caminos y limpiándolos de gigantes amenazadores.

Es una pena, porque algunas de estas dulcineas son muy válidas, ellas solitas podría manejar la lanza, pero es mucho más dulce cobijarse bajo la sombra del escudo de su caballero y entretenerse en sacarle brillo.

Abr

15

Abuel@s

Están en ascenso: crían nietos, ayudan a pagar hipotecas, viajan y llenan hoteles en temporadas bajas. Es una marca que vende: las patatas del abuelo, la fabada de la abuela, el espetec de toda la vida. Anda que el abuelete de la coca-cola no mola. Yo tengo una amiga que lleva escrita su parrafada en un cuaderno, en el bolso y en horas bajas lo saca, lo lee y tira palante; pero no nos engañemos, los abuelos valen mientras sirven. Los abuelos ya no cuentan cuentos, porque claro, con ese aspecto que tienen a los sesenta lo suyo no es contar cuentos sino hacer Pilates; ya no dan consejos, ¿quién está para escuchar monsergas? Ya no se sientan mano sobre mano, como la mujer del escribano, y proyectan esa sombra de paciencia y paz que nos cobijaba a los niños de mi entonces. Los abuelos llevan la misma carrera enloquecida que todo su entorno y, cuando esa carrera se para es porque no sirven. Su sitio ya no está en el sillón al calorcito de la mesa camilla, ni en la sillita baja, al solecito de su puerta en otoño, su sitio es amplio y triste, su sitio es una residencia estupenda, limpia, con jardines y poseída por la infinita Soledad.

Para añadir a nuestro diccionario pueblerino, con la P:

Papo: nada que ver con el significado que da la RAE, aquí ser un cacho papo define a una persona simplona, bobalicona y fácil para ser engañada. Se dice más referido a mujeres, (de todos es sabido que somos más tontas…)

Patabuche: se aplica sobre todo a una sopa de fideos muy espesa: “esta sopa está como patabuche”, quiere decir que si dicho buche metiera una pata se quedaría atascado sin poder sacarla. (Doy por hecho que todo el mundo sabe que buche es un burro joven)

Pecerolo: persona sumamente torpe.

Pelicana: contrariamente a definir a una persona de pelo cano, en este pueblo, vaya usted a saber por qué, define a alguien de aspecto sucio, desharrapado, pero siempre mujer.

Pendengue: coger el pendengue es emprender la marcha de forma rápida y repentina hacia algún sitio, caminando.

Purrela: los restos, lo que no quiere nadie, de baja calidad.

Es una frase que repetía a menudo mi abuela. Y mi abuela era lista, muy lista. Nunca aprendió a leer y escribir, pero en cambio su cabeza funcionaba como una calculadora, hacía cuentas que asombraban a los más leídos del lugar que siempre remataban el asombro diciendo: María, si a ti te hubieran dado estudios por lo menos ministra. Yo estoy convencida de eso. Mi abuela hubiera llegado a lo más alto. La frase en cuestión la oía yo como un soniquete, pero poco a poco fue ganando significado para mí y evitándome mucho sufrimiento, muchos lamentos y mucha ahorro de energía. La tengo como uno de mis diez mandamientos particulares. Me la repito en el momento antes de empezar algún llanto y funciona. Bien es verdad que con ella me viene a la memoria también la apostilla que le ponía mi abuelo por lo bajini: “pero no más que Franco”. Afortunadamente, éste ya no está porque puede que mi abuelo tuviera razón.

Mar

24

El moro

Yo tengo un amigo que conoce a un moro que nunca había visto salir el sol en el mar. Y dice que le preguntaba cada día: pero, sale mojado ¿no? Mi amigo le ha explicado muchas veces que no, que el sol sale sequito. Aún así el moro no se lo cree. Y todavía, a pesar de todo, por las mañanas, se le puede ver allí, al lado del mar,  fijando su mirada de arena en la raya del horizonte y se asombra, y sigue maravillado el ascenso del sol y  espera día tras día ver escurrirse despacito esas gotitas de mar que no logran apagarlo.

Mar

16

Sonetillo

Es soneto nombre que me espanta,
en otros tiempos, digno de la gloria,
hacerme uno pienso con euforia,
a ver si mi moral así levanta.

El motivo hay que buscar si no lo tienes,
y a la musa consultar de once a doce,
porque dejarlo en manos de este goce,
parece cosa fácil y entretiene.

¿A un niño? ¿al mar? ¿a las virtudes?
todo está hecho, y con más gracia,
sólo quiero tener similitudes,
con los grandes poetas, ya en desgracia,
y rimar mis versillos, si no acudes,
inspirándome allí, en la aristocracia.

Se referían a la cabeza, y me decían que el tal fulanito la tenía, pero que muy bien amueblada. Y desde luego que sí, después de hablar con él me di cuenta de que en aquella cabeza sólo había, muebles: sillas, mesas, armarios, y hasta algún arcón que desprendía olores rancios, ¿tendría también dentro tocino, chorizo y cosillas de la matanza? Fácilmente. Desde entonces desconfío cuando alguien me dice que la cabeza está bien amueblada, odio la expresión,  porque, claro, por otra parte, ¿cómo mantener los muebles sin polvo, encerados y brillantes? Vamos, que yo creo que donde se ponga una cabeza llena de neuronas de primera calidad, que se quiten los muebles…

 

Lo aprendimos hace mucho, eran tres cosas que había que hacer en la vida: plantar un árbol, tener un hijo, y escribir un libro. Las dos primeras eran las que todo el mundo podía llevar a cabo sin el mayor problema, la tercera sólo estaba al alcance de los elegidos, de los creadores, de los que tenían acceso al Parnaso u otros montes; pero fíjate como cambian los tiempos, ahora, por múltiples razones, tener un hijo es una aventura en la que muchos no quieren probar suerte, plantar un árbol, ¡qué difícil! hay que pedir mil permisos, a lo mejor no es zona adecuada, hay que preguntar a Europa si se puede o te lo van a arrancar a las primeras de cambio, ¡en fin! que está visto que lo que todo el mundo puede hacer hoy más fácilmente es escribir un libro, y así me estoy encontrando con libros que ha escrito gente que hace bueno aquello de que hasta el más tonto hace un reloj. Habrá que leerlos, aunque dudo que una de sus funciones, la de pasar a sus autores a la posteridad, la vayan a cumplir.
Vamos a intentar lo del hijo, plantad un árbol aunque sea con nocturnidad, pero un respeto a los libros.