Mira que yo quería que ganara Obama, pero nada más que lo he visto, me ha vuelto aquella parte rebelde de la infancia que me ponía de parte de los indios en las películas, y empiezo a ver a Obama como un Negrito Light, inconsistente, nieto de abuelita rica, con familia que parece de atrezzo, con lágrimas de glicerina, y abatible como tartita de chocolate. Ya, de haber ganado, y haber convertido la White House en Black House, qué buena falta hacía, por lo menos, que hubiera sido alguien con la planta de Kunta Kinte.
Yo, desde que sé que Maradona es dios, vivo mucho mas tranquila. Donde va a parar, del dios de la túnica y las barbas con el triángulo en la cabeza, todo el día amenazando con el infierno, a éste con pantalón cortito y camiseta de rayas azulitas, que va y viene a Cuba, que engorda y adelgaza a nuestra imagen y semejanza… Este dios no te la puede liar de ninguna manera. Además del otro decíamos: el padre es dios, el hijo es dios, y el espíritu santo es dios, demasiadas divinidades. Y ahora, nada, sólo Maradona es Dios. Y además me han dicho que tiene un amigo al que le sobra el petróleo, y eso, ahora mismo, es una garantía para seguir siendo Dios.
Básicamente somos de tres clases: los que siempre están perpetrando algo malo, pocos afortunadamente; los que por el contrario dirigen sus pensamientos y su energía a hacer el bien a los demás, estos son unos poquitos más, y luego estamos los que ni fu ni fa, que somos millones. Sin los primeros no brillarían los segundos y gracias a los primeros y a los segundos nos entretenemos la masa.
Cuando alguien te llama por tu nombre en diminutivo desconfía de él, en un alto porcentaje quiere menospreciarte, hacer que te sientas menos, y si al decirlo pone “tonillo” ya es que abiertamente quiere ofenderte. Parece que su empleo casi siempre debería ir envuelto en el afecto, la cercanía, pero hay un uso del nombre en diminutivo que trasluce afán por querer hacer al otro pequeño hasta sus últimas consecuencias, que pone empeño en, sin insultar, hacerte sentir ínfimo, sin importancia. Hay gente maestra en esto y claro, como la forma es tan “cariñosa” nunca podrías quejarte, a ti se te acusaría de mal pensado, pero si observas y piensas podrás recordar a aquel profesor que lo hacía en la clase, tu amigo del alma que en el fondo de ella te quiere, pero no sabe cuanto, tu compañero de trabajo que comparte contigo todo menos el trabajo, y así habría lista sin final. Sólo sacaríamos de la lista a las abuelas, esas son un valor seguro. Siempre he envidiado el nombre de mi amiga Pilar, ahí les falla el diminutivo, aunque los hay perversos y seguro que echarían mano del Mary Pili.
Es lo que tiene el fútbol, de una patada ha hecho que todos queramos ser rojos, que nos reunamos en familia, y que estemos buscando en “los chinos” banderas de España con su correspondiente “torito” para envolvernos a pesar de los cuarenta grados. ¡Quién lo iba a decir! Qué salgan las banderas que hacen a la gente sentirse orgullosas de pertenecer a una colectividad y que hemos tenido guardadas con pudor por recordarnos tiempos en los que esta bandera tapaba todo.
Hace tan poco que aún puedo verlo, la única Roja que podía alardear del nombre era La Pasionaria y no todo el mundo la quería, más bien la quería media España que encima no podía decirlo, a ésta la quiere España entera si dejamos fuera, claro está, al tonto de guardia que no falta, que hubiera preferido que ganara Turquía, y al otro compañero, periférico también, que apostaba por Rusia, pero parece que ciertas cosas se están poniendo en su sitio y ese sitio es de privilegio.
Capacidad de la mente de transformar lo poco en mucho, lo mediocre en grandioso, lo feo en hermoso, lo aburrido en excitante. Esa capacidad es la que nos hace sobrevivir, impulsar la vida. Y eso se conjuga siempre en pretérito perfecto simple, dando, además, a estas tres palabras su verdadero significado, sobre todo el de simple.
La vida es ensoñación, la vida es un cuando: “cuando yo era niño, cuando yo iba a la escuela, cuando tuve aquel gran amor, cuando los amigos éramos de verdad, cuando yo podía comer de todo, cuando el Corte Inglés funcionaba bien…, un cuando que enlaza con un ahora, un ahora que nunca gusta, que siempre decepciona, que rezuma insatisfacción, pero que mañana mismo lo convertiremos en un cuando.
Me quedaba yo, en mi pupitre de la escuela, incómodo y resbaloso, horas y horas abstraída pensando aquello: “líneas paralelas son aquellas que por mucho que se prolonguen nunca llegan a encontrarse”. Me atormentaba. No podía comprenderlo porque la palabra nunca me resultaba inabarcable, yo siempre me decía: alguna vez se encontrarán, pero no, ya he comprendido que no, que nunca se encontrarán, y me ha costado algunos años, es lo que tiene vivir, que terminas aprendiendo algo. Líneas paralelas son algunas personas que conviven: parejas, amigos, familia, compañeros, que van siempre juntitas, caminando al compás, compartiendo los días, pero son líneas paralelas, por mucho que se prolonguen sus vidas, nunca llegarán a encontrarse.
Cada mayo, con las lluvias, con las tormentas, llega San Isidro y de la mano del Santo, los toros, con su polémica, con su remolino de pasiones: Manuel Vincent con su columna demoledora antitaurina que, por otra parte no llega a demoler nada. Sanchez Dragó que le hace un quite por faroles con solvencia y autoridad. Eso es: polémica, pasión, emoción, eternidad, arte…Se podrían argumentar tantas cosas a favor como tantas en contra, pero nadie a estas alturas quiere convencer a nadie. En esta tradición tenemos hundidas parte de nuestras raíces y mal que nos pese cuando oímos un pasodoble evocamos siempre retazos de infancia, olores de fiesta, trajes nuevos y muchos colores.
Tú ya no estás en la onda si al despedirte no dices chao. Qué gran capacidad tenemos para apropiarnos de las palabras. La hemos tomado ¿de los italianos o de los argentinos? Es lo mismo, ahí está, es dinámica, exótica, juvenil, y cortita, que eso facilita la cuestión. Las palabras nos retratan, nos esconden, nos delatan, nos dan brillo y muchas sombras. Quienes tienen la capacidad de poderlas elegir, porque tienen muchas, triunfan, a los que les faltan se les desprecia un poco. Son, precisamente, a los que les sobran los que nos mandan. Si, además, las envolvemos en engañosas melodías o en entonaciones dulces son armas disuasorias y convincentes, si las ponemos fuerza, armas eficaces y si las envolvemos en maravillosa ironía, armas letales. Pues ya sabemos, de momento y, hasta que vengan otras modas, a decir chao, y por supuesto, a despedirnos con besitos.
No se es escritor hasta que no se pierde el miedo. Es una necesidad de decir lo que se ve y lo que se siente. El escritor ayuda siempre a alguien a descubrirse, a interpretar la condición humana. Cuando lees piensas: que bien han escrito lo que yo quería decir. Pero escribir es delatarte, es quedar expuesto al sol con el consiguiente peligro de secar tu piel hasta efectos irreversibles, y también es delatar a los demás, porque nadie como el escritor ve los trasfondos de los que le rodean, sus miserias, sus envidias, sus mezquindades ¿sus virtudes? y aquello que hablado y comunicado a los demás sería un “hablar mal de otro”, escrito, en un libro es una obra de arte.
Eso es ser escritor: percibir lo más profundo de lo humano y no temer ponerlo en líneas.