Dar anchuras

Era algo que le oía yo a mi madre: “procura darle anchuras”. Ella se refería  a alguien que estaba pasando por un mal  momento, que necesitaba ánimo, apoyo. Y la frase no podía ser más bonita. Había que hacer que esa persona lo viera todo fácil, agradable, ancho. Ancho para poder atravesarlo sin dificultades, con espacio y con luz, porque, en definitiva, nuestra vida, desde su arranque, es un pasar a través de algo. La gran suerte de esta vida es pasarla con alguien que te va dando anchuras, que excava a tu alrededor para que tú pasas con holgura, para que te deslices, para que no tropieces, y si, de paso, pone luz pues la travesía es perfecta.

Fenicios

Nos dejaron poco rastro de cultura, poca filosofía, poca huella profunda, pero nos dejaron una carga genética que aflora en algunos a poquito que toques. Y hay muchos, parece mentira que apenas nos rozaran las costas. A sus sucesores se les reconoce por frases como: “qué cara está la vida, cuánto se gasta, cómo sube todo”, repetido a diario, una y otra vez. Se les conoce también por su infinita cicatería. Abominan, por supuesto, de la hacienda pública. Otra seña de identidad es que se fijan mucho en los negocios ajenos: los que prosperan, los que se hunden, los que deberían ampliarse. Llevan muy bien las cuentas, las suyas y las otras. Tienen un impulso constante de vender, de vender lo que sea, de ganar, de ganar como sea. Si tuvieran barcos se lanzaban de cabeza a poner chiringuitos en el Mediterráneo. Dicen que crean riqueza, claro que sí, riqueza para ellos. Todos conocemos fenicios, quien no tiene un fenicio en su vida, algunos estupendos, pero estos son, básicamente, los que no han olvidado el alfabeto que nos regalaron.

Botones

Antes eran muy importantes. En todas las casas había un bote o caja en la que se iban dejando todos los botones sobrantes. En la mía, por seguir la tradición, también existe. Era fascinante para los niños porque con aquella caja, nada más abrirla se te llenaban los ojos de colores: verdes y verdosos, amarillos y amarillentos, rojos y rojizos, azules y azulados, eran infinitos. Tú te peleabas con tu abuela para que te dejara volcarlos, y, cuando lo conseguías, habías logrado llenar ese día, normalmente en blanco y negro, de un arco iris impagable.

Nunca servían para nada estos botones, se guardaban y se guardaban, aumentaban y aumentaban y jamás se les daba uso, pero eran tan importantes que, incluso, donde yo vivo hay un Rey de los Botones que, desde tiempos remotos, ofrece la preciada mercancía a modistas y mujeres hacendosas, bien es verdad que, hoy día, apenas vende, ya se sabe como están las monarquías…

Pues me he fijado en los botones porque me recuerdan a ese batallón de amigos que vas almacenando, que apenas tratas, que de vez en cuando llamas para comprobar que existen, que están ahí, en tu cajita particular y que, cuando tú quieres,  abres la preciada caja  y llenas tu vida con los maravillosos colores de los recuerdos.

Más palabritas pueblerinas

Caciquero: cotilla, que le gusta estar en todo y enterarse de todo.

Cagalindes: persona poco útil, que va y viene sin mucho provecho.

Caganíos: sinónimo del anterior.

Calamocano: estado cercano a estar borracho, pero no llega, ahora diríamos “con el puntito”

Calolo: hueso muy grande que, sin tú quererlo, te endosa el carnicero cuando le compras carne.

Candonga: persona burlona, astuta y poco trabajadora.

Cancho: grosor, sobre todo se empleaba con los pimientos.

Cangilón: cada uno de los recipientes que componían las norias que sacaban agua para regar las huertas. También se aplicaba a algo de tamaño poco armonioso.

Cantero: era el trozo de pan que se partía con facilidad con la mano. Era muy utilizado en diminutivo.

Capacho: el capacho o esportillo lo utilizaban las mujeres para ir a la compra y solía ser de cuero color negro.

Capisayo: prenda de vestir, difícil de definir, con poco estilo ni clase.

Cascarrias: restos de barro u otras cosas poco limpias que se pegaban en los zapatos o en las faldas largas de las mujeres.

Los bajones

La vida es una sucesión de bajones. Naces arriba y nada más empezar el camino comienzas a bajar. Es una inmensa cuesta abajo aunque la sensación, muchas veces, sea de cuesta arriba. Uno no va siendo consciente de como baja, siempre son los demás los que nos van poniendo la vara de medir. Es cuando oímos decir: “vaya bajón que ha pegado, desde que no le veo, menudo bajón: ha envejecido, menos pelo, más arrugas, está encorvado, tiene mal color, está triste…,”  todo es producto y consecuencia de los bajones, de los que vamos emergiendo con trabajo para volver a caer mucho más abajo, hasta que definitivamente nos dan el bajonazo definitivo.

Es la nuestra

Tenía yo ganas. Iba a Francia y la veía por todos sitios estirándose orgullosa. Pasaba por Nueva York y allí estaba omnipresente, dueña y señora. Hay qué ver lo bien que se veía en las películas de héroes. Qué estupendamente la doblaban los militares americanos cuando se la entregaba a una viuda o a una madre. Estuve tentada cuando se aprobó nuestra Constitución, pero no me atrevía, no me atrevía. Pasaba envidia. Nos la habían secuestrado. Fue, durante mucho tiempo, el símbolo de algo que no me gustaba. Pero ahora han venido los libertadores. Este grupo de chicos que juega al fútbol y nos han unido, y nos han liberado la bandera. Hay qué usarla para lo bueno, para unir.  Y la he puesto, la he puesto en mi balcón, y me gusta verla, aunque la hayan hecho los chinos, y ya no tengo que avergonzarme de sentir una emoncioncilla cuando la Marujita Díaz canta lo de la banderita. Ya era hora…

Soy medio Dios

La frase es de mi abuela. Mi abuela es fuente inagotable de recuerdos interesantes, de frases llenas de sabiduría, de vivencias con fuerza, de esas que se esculpen en tu cerebro blandito de niño y que asoman al más mínimo estímulo. Quien no ha tenido abuelos se ha perdido una de las cosas mejores de la vida. Se ha perdido el cariño reposado, el consejo imprescindible, el tacto con la piel reseca en la que puedes leer, sin palabras, sólo pasando tus manos, recuerdos, historias y hasta algún cuento mil veces contado.

Pues es verdad, mi abuela era medio Dios, ella sola se lo atribuía, con mucha razón, cuando nos demostraba que ya nos lo había dicho, que eso pasaría, cuando adivinaba como actuaría una persona ante determinada situación, como reaccionaría alguien ante aquello. Ella siempre iba por delante, ella sabía y avisaba. En la Edad Media hubiera sido bruja, en la suya, sencillamente era muy lista, era muy fuerte, muy prudente, era sabia, era, sin lugar a dudas, medio Dios.

Arriba y abajo

Tenemos el cuerpo dividido, claramente, en dos mitades, que no tengo claro si forman unidad o son independientes. De cintura para arriba  es la parte noble. A esta parte noble dedicamos gran esfuerzo en el aseo, lo que denota el gran aprecio que sentimos por ella: la lavamos cuidadosamente, cuidamos las uñas, lavamos el pelo, los dientes, tenemos mil productos para este fin, nos cambiamos la parte de ropa que le corresponde diariamente, la adornamos con colgaduras, pinturas, si procede…, pero vayamos a la parte b del cuerpecito: vaqueros sucios, vaqueros rotos, vaqueros con bordes carcomidos, zapatillas renegridas, uñas dudosas…, ¿cuál es el secreto de esta convivencia perfecta entre la parte a y la parte b? Es otro de los misterios de la vida…

La vida y tal

Es muy flexible el término. La vida es corta o la vida es muy larga. Esto lo manejamos según nuestros intereses. Si filosofamos sobre un fracaso, sobre un momento amargo, indeseado, oscuro, entonces la vida es muy corta, la vida no merece la pena, todo es falso, nadie se salva, todo es nada. Necesitamos creerlo así, necesitamos justificarlo, es nuestra tabla hacia la salvación, es nuestra coartada. Pero lo cierto es que la vida, esta vida, es demasiado larga para no tenerla en cuenta, y todo, realmente, todo y cada una de las cosas es digna de tenerse en cuenta, de valorar, de mejorar, de acoplar a nuestro caminar lo mejor posible para que podamos decir, mejor, qué larga es esta vida  pero que corta se me hace.

Con la B

Vamos a añadir al diccionario estas palabritas del rico hablar pueblerino, para que no se pierdan, para fomentar su uso…

Barreñón: aumentativo de barreño, pero que se empleaba sin que el recipiente fuera muy grande, eso sí, de barro.

Bazuquear: mover o agitar líquidos sin necesidad.

Berrendo: manta para la cama, de tejido pobre y aspecto miserable.

Bierno: instrumento para las labores agrícolas que consiste en un palo largo rematado por pinchos. Los había de madera y de hierro.

Bilgaria: mujer desharrapada, sucia.

Biruje: vientecillo fresquito

Boceras: persona despreciable, de poca categoría

Borra: parte más grosera, basta o corta de la lana. De borra eran los colchones de la gente humilde

Brear: maltratar, molestar a alguien.

Burriagas: cercos o manchas alrededor de la boca originadas por la comida o bebida que no se limpian.

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