3 Marzo 2008

La Mampena

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Hasta que no tuve unos cuantos años no comprendí que la Mampena que tanto me había aterrorizado de pequeña era “el alma en pena”. Era el cuento que, cayendo en un masoquismo cierto, le pedía a mi abuelo que me contara una y otra vez. Aún recuerdo a mi abuelo con su gorrilla gris y su blusa haciendo juego sin pretenderlo, su infinita paciencia para repetir cuentos, porque él, sin duda, sabía que esto,  junto con dar religiosamente la paga del domingo, hace que se recuerde a un buen abuelo. Nos sentábamos a la lumbre del invierno, sin prisa, entonces no existía,  y mientras asábamos patatas en el rescoldo, conmigo en sus rodillas, y yo mirándole sin perder ripio,  al tiempo que sacaba su tabaco y su librillo, como el abuelo de Víctor Manuel, me contaba que por la noche, en la iglesia, cuando ya todas las buenas gentes dormían después de duro trabajo, bajaba la Mampena, arrastrando cadenas y recorriendo la penumbra se iba bebiendo con deleite el aceite de las lámparas que, tenuemente, mantenían la iglesia lejos de la total oscuridad. ¡Qué miedo! Yo era incapaz de poner cara a ese ser, para mí blanquecino, difuso, perverso. Menos mal que el cuento acababa cuando los mozos del pueblo, valientes, “atrepaos”, hartos de las incursiones de la maldita Mampena, salían a su captura, y cómo no, acababan con ella, y arrastrándola con un soga por el medio de las calles del pueblo la ponían a la vista de todas las buenas gentes que ya desde entonces volvieron a dormir noches tranquilas.

16 Enero 2008

Los cuentos incontables

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El Malacatán. Era indescriptible ¿alguien sabe lo qué es? Yo tenía cinco años, seis…, pero cuando me contaban el cuento del Malacatán yo me iba encogiendo, encogiendo hasta casi meterme debajo de la gorra de mi abuelo.
Eran unos cuentos terribles, de miedo, de mucho miedo, ¿y el trauma? No sé, seguro que existe. Estos cuentos nos ponían en contacto con el mundo de las emociones exageradas, era miedo del de verdad, de seres irreales como el Malacatán, seres de ultratumba como la Mampena o aquello verdaderamente horrible de la “Asaura ura que me quitaste de la sepultura”. Hay que irlos contando. Que no se pierdan. Que pervivan junto a la Caperucita, menuda niña,  Pulgarcito, qué mira que era torpe, Garbancito, Periquito Tragapepes, que por cierto era de Yepes, y que venían a poner orden en los estragos que hacían los cuentos de miedo en nuestro peculiar mundo infantil.

16 Diciembre 2007

Siempre hay un cuento de Navidad

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Este era un gato pardo, de mal pelaje, triste, amarillento, con ojos sin vida. Mejor no preguntarse su origen, en el origen siempre hay un punto de cariño, de calorcito, de plato de comida. Él lo había perdido, la vida te obliga a moverte. Llegaba a la puerta de mi terraza y yo lo espantaba, me horrorizaba pensar que entraba en mi cocina y pasaba por encima de todo tan limpio. Igual que yo reaccionaban los demás dueños de cocinas limpias. Al lado, sí que había una niña, Sara, pequeña y guapa que le tendía su mano y le sonreía. Se miraban y se comprendían,  pero esto no te hace sobrevivir. Ayer estaba abajo, en un rinconcito soleado, con el pelaje más tieso que nunca, yo pensé que dormía, pero su cuerpecillo triste y delgaducho no resistió el hambre y la helada. Se ha muerto, el vecino de abajo lo ha sacado en un saco a la basura. Ha dejado esa sensación que siempre te deja un muerto:  “si yo hubiera…”

13 Diciembre 2007

Juaneloso

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“Madre, prepáreme usted la merienda que me voy a correr mundo, porque he tirado un tintero al maestro y tiene la cabeza rota”
 

Así empezaba el cuento y el que hablaba era Juaneloso, el niño más malo de la escuela. Y mi abuelo seguía de esta manera:
 

“Y efectivamente, así lo hizo, le preparó una tortilla y un poco de pan y Juaneloso se lanzó al mundo huyendo del castigo. Anda que te andarás llegó a una casa en el campo que estaba abandonada, allí Juaneloso empezó a preparar un cocido en aquella lumbre,  pues bien, los había más malos que Juaneloso y éste era un ser misterioso que bajando por la chimenea le tiraba el cocido a nuestro niño, pero lo peor de esto es que desde arriba le decía ¿bajo o no bajo? Y Juaneloso: no bajes hombre, pero por supuesto bajaba y mil veces se lo tiraba. No podía quedar esto así y ya sabemos que Juaneloso era valiente y sin escrúpulos. Así es que una de las veces que oyó la pregunta contestó: baja, baja y allí mismo dejó pegado, de un golpe, en el humero a este ser tan molesto y dañino. Con su piel se hizo un morral y comenzó sus andanzas que le terminaron haciendo rico. Volvió al pueblo y ya se sabe ¡quién se resiste! Todo le quedó perdonado y se convirtió en un hombre de bien. Y llegamos al colorín…