Ella era la Constitución. Mi abuela María.

 

Era así: el robusto pilar sobre el que se sostenía la familia. Todos se movían con sus normas nunca escritas, y volviendo la mirada hacia ella cuando había dudas.

 

Mantenía el orden. Solucionaba conflictos. Aconsejaba sabiamente. Sabía tejer un equilibrio de justicia entre los miembros de la familia.

 

Una de sus hijas casó con persona más pudiente, pero ella supo manejar la buena relación entre las hermanas desterrando envidias y sembrando solidaridad.

 

Todos la habíamos reconocido y aprobado porque de su figura emanaba, sensatez, equilibrio, justicia…

 

Funcionaba, y a nadie se nos ocurría decir que, porque fuera vieja, había que acabar con ella. Todo lo contrario, rogábamos cada día para que viviera muchos, muchos años, ya que lo que todos queríamos era vivir en paz, sin conflictos, creciendo, prosperando, tranquilos…

 

La Constitución que nos negó Franco nos la implantó mi abuela sin habérselo propuesto nunca y, mientras ella estuvo aquí, todo fue fácil y armonioso.

 


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