Tenía yo ganas. Iba a Francia y la veía por todos sitios estirándose orgullosa. Pasaba por Nueva York y allí estaba omnipresente, dueña y señora. Hay qué ver lo bien que se veía en las películas de héroes. Qué estupendamente la doblaban los militares americanos cuando se la entregaba a una viuda o a una madre. Estuve tentada cuando se aprobó nuestra Constitución, pero no me atrevía, no me atrevía. Pasaba envidia. Nos la habían secuestrado. Fue, durante mucho tiempo, el símbolo de algo que no me gustaba. Pero ahora han venido los libertadores. Este grupo de chicos que juega al fútbol y nos han unido, y nos han liberado la bandera. Hay qué usarla para lo bueno, para unir.  Y la he puesto, la he puesto en mi balcón, y me gusta verla, aunque la hayan hecho los chinos, y ya no tengo que avergonzarme de sentir una emoncioncilla cuando la Marujita Díaz canta lo de la banderita. Ya era hora…


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