Era una distinción que yo hacía cuando era pequeña. Yo tenía mis dos abuelos, mis dos abuelas y mi abuelo viejo, o sea mi bisabuelo. Y, curiosamente, el más viejo era el más importante. Inútil la comparación con la realidad actual. No se comprendería. Y yo, vive dios, no soy centenaria. La familia reverenciaba al abuelo viejo. Él se sentaba al lado del fuego y una corte de mujeres, esposa, hijas, nietas, pululaban alrededor tratando de adivinar sus más íntimos deseos para hacerlos realidad y solamente movidas por el cariño. Los hijos, apenas osaban mirarle de frente, no por el temor sino por el respeto, y esperaban siempre sus consejos y recomendaciones para decir: lo que usted diga padre. En la casa había que caer en el silencio y suspender los juegos cuando él dormía. Repartía el pan y el vino en la mesa como un oficiante cariñoso. Cuando mi abuelo viejo se fue yo lleve un tiempo un vestidillo de medio luto. Estaba orgullosa de hacerlo, porque yo tuve la suerte de tener un abuelo viejo y disfrutarlo.
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