En algún momento de nuestras vidas hay que coger una cruz y subir a un calvario. Está escrito. Unas veces la coges tú y tiras cuesta arriba sorteando romanos, mujeres piadosas, cirineos y toda la parafernalia que debe rodear una buena cruz. Tú llegas al monte, te crucificas y te quedas tan a gusto, porque para eso has elegido tu cruz. Lo peor es cuando la crucecita te sale al camino por el que tú vas bailando como Judy Garland en el Mago de Oz y ¡zas! alguien te la cuelga a la espalda, te empuja, te da latigazos, te bebes la hiel que te ofrece, sudas, te preguntas por qué tú, aunque sigues y sigues hasta llegar arriba, pero eso sí, una vez arriba yo recomiendo lo siguiente: no te crucifiques, no es tu cruz, coge al que te la ha puesto sobre el hombro y sin dudarlo un momento ¡crucíficalo! y bájate del monte, si es posible, por el camino del Mago de Oz, es decir, cantando como Dorothy Gale: there is no place like home…
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