Ruidos

No sé si alguna vez en nuestra cultura mediterránea, bulliciosa, colorista, discutidora, caliente, tendrá cabida el elogio al silencio.
Envidio los bares y restaurantes europeos donde se susurra, se acarician las palabras, donde no se ladra.
Aquí todo se habla in crescendo. A medida que tú subes la voz la va subiendo el contrario y, como una cadena imparable, el que está al lado, y cuando reparas ya todo está reventando decibelios. Si tú quieres hablar bajito no tienes futuro, no reparan en ti, por supuesto, no te escuchan y como remate te ponen alguna etiqueta que diga: mística, finolis…
Eso las voces, pero ¿y las máquinas? Motos que compiten en tubos de escape, coches que paran en lo semáforos con los Chunguitos o los Estopa para que disfrute de ellos la ciudad entera, excavadoras, taladradoras… ¿Y las “teles” de los bares?  Imposible enumerar todos los instrumentos de tortura que nos rodean. Dentro de cien años todos sordos.

Palabrillas

De las palabras recogidas de mi pueblo, que ya no se usan, pero que es una pena, no puede haber mayor expresividad que cuando lo dices a alguien “alicáncano”…

Aceo: de sabor ácido

Acirate: nada que ver con lo que dice la RAE. En mi pueblo se refiere al alféizar de una ventana

Aforjiñando: haciendo fuerzas

Albirete: tomar decisiones sin sentido

Alcucera: cotilla

Alear: salir de una enfermedad, recuperar las fuerzas perdidas

Alicáncano: bobo, tontorrón, sin sustancia

Amitalar: dejar algo en la mitad de su tamaño

Amolarse: jorobarse, fastidiarse

Amorcar: lo que hacen los toros valiéndose de los cuernos

Andancio: enfermedad poco importante que se contagia

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