La claraboya

Hay personas que, en todo lo alto de la cabeza, tienen una claraboya. Y por ahí les entra la luz de forma que se desparrama por su cerebro iluminando hasta el rinconcillo más recóndito y lo ven todo claro. Da gusto hablar con ellos porque esta misma luz, además de darles claridad en sus ideas les da fuerza para su voz, de manera que lo gritan alto y claro. No les hace falta escuchar a otro, ¿para qué? Lo saben todo: de política, de economía, de cotilleos,  de filosofía… Saben como arreglar las cosas, saben quienes son los culpables de todos los males, sencillamente saben. Es claramente por su luz cenital. Da gusto oírles, da envidia,  pero lamentablemente esto es privilegio de unos pocos,  ¿quién puede hacerse una claraboya en la cabeza? Esto viene de fábrica.

Los mejores

No sé si los mejores, pero mucho mérito tenemos. Nacimos en un ambiente de postguerra en el que no había de nada, tiempo de silencio, de incultura, de blanco y negro, de NODO. Pasamos de ir al arroyo a lavar con nuestra abuelas, a hablar por el Messenger con nuestros nietos, pasamos también de tener padres a ser papás, nuestro hijos ya eran de colores, nacían mirando a Europa. Y, algo muy difícil, les transmitimos cosas que a nosotros nunca nos transmitieron. Fuimos quitando los artículos determinados que nos daban aire de pueblo, ya no eran la Pepi o la María, nosotros decidimos que lo suyo era Pepa o María. Hemos ido dando pasos cortos, pero que sumados son de gigante. Las mujeres más, avanzamos mucho más. Agarramos el cigarrillo, (en mala hora) y los “tacos” nos igualaban a ellos. Como padres, los mejores padres, y si no mira, ningún hijo se quiere ir de casa. Somos los mejores abuelos, ahí estamos criando nietos con dedicación exclusiva. Hemos saltado un abismo y, aunque se haya dicho muchas veces y ya algunos estén hartos de oírlo, hay que decirlo: somos los mejores, dónde va a parar…

Mi tío de América

Yo cuando era pequeña me inventé un tío. Desde luego vivía en América, como no podía ser de otra manera, para nosotros todo lo bueno venía de América, incluido Mister Marshall. Aquel tío me solucionaba todos los problemas. Le puse un nombre poco americano, la verdad. Otro día lo diré, mejor dejarle en el anonimato ahora. Yo lo hacía aterrizar en la cañada de mi pueblo, y nadie lo veía, claro, pues anda que no tenía yo recursos para preparar la coartada…. Él traía cosas impensables de ultramar, todas mis amigas querían verlo, se morían por verlo, pero no les fue posible. Mi tío andaba a deshora, siempre tenía prisa, y sus aviones iban y venían a mi antojo sin reparar ni en tiempos ni dineros.
Cómo lo echo de menos ahora, qué vía de escape era, mucho mejor que una varita mágica, estoy por resucitarle y ponerle a trabajar. Nada mejor que un tío así en tiempos de crisis. De todas las crisis. Anda que no le vendría bien uno a Zapatero. Algunas amigas mías de ahora se lo van a creer mejor aún que las de mi infancia. Estoy segura. Puede que lo haga. Puede que le diga: “levántate y anda”.