Cuando veo una foto de alguien que ya no está, es fácil ver lo que exteriormente se quedó aprisionado para siempre. Estoy viendo a mi madre, guapa porque realmente lo era, endomingada, con su mejor vestido para la foto, pulcra, con un reloj en su muñeca que entonces estaba de moda, sus zapatos topolino, su sonrisa forzada para la posteridad, pero ¿qué había en su pensamiento, qué ilusión, qué esperanza, qué futuro vislumbraba? Tenía dieciocho. Daría algo muy importante, muy valioso para mí, por saber que estaba pensando. A ver si van inventando ya las cámaras maravillosas que atrapen el pensamiento.
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