Turistas compulsivos

Ellos no quieren ver las cosas allí, las quieren ver aquí. Con la cámara digital ha nacido un nuevo grupo de turistas, los compulsivos, son los que no miran las cosas, sólo las fotografían, pero las fotografían hasta los más mínimos detalles: cada capitel, cada moneda de los museos, cada frontispicio, todo, todo queda congelado dentro de su cámara. Están al acecho y si ven a otro tomando un determinado encuadre, allí están ellos, esperando que quede el sitio libre, no se le vaya a escapar lo mejor. Y si el guía llama la atención sobre algo en especial la lluvia de flashes que le cae encima a aquel algo lo derrite al momento ¡Como no cuesta! Qué nostalgia produce el recuerdo del carrete que antaño nos hacía detenernos, pensar cómo lo poníamos, cómo lo quitábamos no lo fuéramos a velar, y luego llevarlo a revelar y recogerlo con la ilusión de ver qué habíamos hecho. ¡Todo un ritual! Lo de ahora parece un poco penoso, le ha acabado de quitar al turista lo poquito que pudiera tener de viajero, pero desde luego, lo que realmente debe ser penoso es cuando todo aquello que trae en su cámara se empeñe en enseñárselo a sus víctimas, porque para eso lo hace, claro está.

¿Por qué corren?

Lo veo cada día, porque cada día entierran muchos muertos. Son los musulmanes. En Irak, en Marruecos, en otros sitios parecidos. Cogen sus muertos y emprenden una carrera hacia la desesperación. Yo tiemblo esperando siempre ver caer al muerto entre los pies de los que le vuelan por las calles polvorientas, entre velos negros y barbas mal apañadas. Recuerdo, en cambio, la infinita parsimonia con la que pasaba un entierro por las calles de mi pueblo, marcando el paso al doble de las campanas, despacio, muy despacio, no queriendo llegar nunca. ¿Qué nos diferencia tanto en esto siendo tan iguales en otras cosas? Debe ser cosa de Alá.

La pareja de moda

Cierto, está de moda y más que lo va a estar. Llenan nuestras calles, nuestros parques, nuestras consultas médicas: viejecita en silla de ruedas y rumana joven y altiva, viejecito un poco babeante y sudamericana redondita y alegre, más viejecitos con morita, otra rumanita y caribeñas variadas, llenas de alegría y cariño. Nos traen lo que nos falta, la compañía, los cuidados, y recogen lo que nos sobra, lo de menos valor, y la pareja dura hasta que la muerte los separa. Según pintan los tiempos más tarde o más temprano vamos a ser parte de esa pareja. Lástima que sólo vamos a experimentar una parte, estaría muy bien que todos pasáramos, aunque fuera poco tiempo, por la otra.

Con la letra R

Me acuerdo de estas palabrejas que acompañaron mi infancia y ya casi nadie usa. Para que no se pierdan:
Rabisca: persona de mal genio, que fácilmente coge una rabieta.
Recortejana: se dice de una prenda de vestir que anda escasa en el largo. También se solía emplear para personas bajitas.
Rehilar: temblar. En la frase: “le rehilo”, queríamos expresar: le temo.
Repeyendo: estarle a uno una prenda de vestir muy pegada al cuerpo, por ejemplo una falda.
Respailando: salir respailando, es salir poco airoso de una situación, huyendo en cierta manera.
Roznar: masticar con ruido algo duro,  ¿caramelos?

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