Sabores, olores, colores…

Cuando llega el verano se multiplican. Y también se añoran. Sabores: imposible encontrar el sabor de un tomate como los de antes, de una fresa, de un melón… ¿Tendremos que renunciar para siempre a ello? Te viene a la mente aquel momento mágico en el que tú partías un tomate y el sabor a verano te invadía el cuerpo, y el olor a tomate te invadía el alma, y el color de tomate deslumbraba tu vista. ¿Tendrá esta generación que acaba de nacer la desgracia de no saber qué es un tomate verdadero? ¿Cómo es posible que estemos renunciando a cosas tan simples y tan fundamentales? Cuando tengo en mis manos uno de estos amagos de tomate, simples, inodoros, verdosos, me acuerdo de la copla:
“Tomate, qué culpa tiene el tomate
de haberse criao en la mata
pa que venga un tío malaje
y lo convierta en desgracia”
Delirio de los treinta y ocho grados a la sombra

Álvaro Uno

Escrito tengo como llegaste. Con el agua, con la luna, de una buena mano acompañado. Ya caminas, caminas y observas, no vas a lo loco, tu mirada examina y después tocas, tocas con cuidado, notando las texturas, fijándote en lo pequeño, tomando nota. Seleccionas, ya sabes lo que no te gusta. Eres seductor, conquistas con la mirada, envías mensajes de complicidad con el gesto, abrazas y entonces es cuando la sensación es indescriptible, ternura. Derrochas cariño, eres generoso, das y no quitas, difícil lo de compartir cuando estás descubriendo lo de poseer, te hará sufrir. Los destellos de tus ojos son de inteligencia, la rapidez de tu mirada lo dice también. Balbuceas. Cuando vayas haciendo tuyas las palabras las pondrás en buen orden, te gustan las palabras, te gusta que te hablan, que te cuenten. Aquí tengo los cuentos esperando, me sé todos los cuentos, los bonitos. Los de Celaya que te los cuenten otros, será inevitable. Todo está a favor, a tu favor. Sigue caminando, somos muchos los que estamos a los lados de tu camino, vigilando, velando, quitando piedras, rellenando baches, para que te deslices por él sin tropezar, pero a la larga el camino será solo tuyo. No lo tuerzas.

El tren

Adoro el tren. Es corta la palabra y largo el tren. Es  símbolo de libertad aunque siempre tenga que ir por el mismo sitio, sin salirse, y no pueda elegir su camino. Es signo de progreso. Es algo que todos los niños sueñan con conducir si les preguntas que quieren ser de mayores. Es seguro, es rápido, es alegre, es escenario de grandes relatos, de aventuras fugaces, de misterios. Lo manejamos en nuestro vocabulario diariamente con otros significados: engancharse al tren, vivir a todo tren, llevar un tren de vida, el  tren de los deseos, tirarse al tren. Ahí está, pese a todo, desafiando, recordando vías muertas, abriendo otras a velocidad de vértigo y también arrastrando alguna pena, cuando, sin más remedio, ha tenido que llevarse a alguien que le eligió para terminar su historia.

Demostrativos fulminantes

“Señalan la situación espacial o temporal del nombre al que determinan con respecto al hablante”
Esa es una de las definiciones que se pueden dar de ellos. Pero realmente se le podía añadir: la situación emocional, ideológica…, y alguna más.
Estaba oyendo esta mañana hablar a Felipe González y, no lo recordaba, pero bien es verdad que acostumbraba a hacerlo, se refería a la oposición como “estos”. Decía: no pensarán estos que así lo arreglarán” y no podía haber en ese demostrativo que marca la proximidad o bien la distancia, tanto en el tiempo como en el espacio con relación al hablante, una mayor carga de desprecio, de superioridad, de lejanía, de muchas cosas y ninguna buena, pero sin duda, expresaba con sólo esa palabrita corta todo lo que algunos no saben decir ni con mil palabras. Es lo que tiene manejar la oratoria. Un simple pronombre describe una situación, un pensamiento, un reproche, una ideología de la que, bien es verdad, que nos pasa como con el demostrativo, ya no sabemos si lleva o no lleva tilde.