¿El día más feliz de mi vida?

Eso me pusieron en el recordatorio, pero no lo recuerdo yo así. El día de mi comunión fue un día de miedos, de incertidumbre, de incomodidad. Lo único que recuerdo bonito era el vestido blanco, largo hasta los pies que te equiparaba un poco con Sissi Emperatriz. Pero los zapatos me apretaban, los tirabuzones que me hicieron con aquellas horribles tenazas calientes que no eran capaces de dominar mi pelo liso, se deshacían por momentos sin esperarse siquiera a terminar la procesión. A esa angustia se unía la del pecado. Mi alma tenía que estar blanca como el vestido o más, y para eso yo había confesado convenientemente la víspera, pero tenía muy claro que cualquier sombra de malos pensamientos enturbiaría mi alma y ya no estaría dispuesta a recibir la gracia divina de aquel rito iniciático. Entonces caería en el sacrilegio. Tremenda zozobra la del infierno.
El calor era sofocante aquel día de mayo. Mi padre no quiso comulgar con lo cual, yo, como alguna otra más, quedamos señaladas, el trío en el reclinatorio para recibir a Dios estaba incompleto, yo en soledad con mi madre, pero con Dios, eso sí. ¿El día más feliz de mi vida? Creo que los ha habido bastante mejores.

La gente de Madrid

Para mi abuelo era fascinante. Mi abuelo era un hombre de pueblo, como yo, que cuando llegaba a Madrid, muy de tarde en tarde, porque entonces sí era una aventura ir a Madrid, pues él no salía de su asombro y lo repetía una y otra vez:
“tú llegas a Madrid, las calles están llenas, no se puede andar de la gente que hay, te vas al teatro y está lleno, si entras a una cafetería, a tope, comerse un pastel en la Mallorquina tarea para esperar, si vas a los toros la plaza de bote en bote, y del metro ya no hablemos, pero lo mejor es que tú vas a las casas, y allí también hay gente” ¡Gran misterio!
No salía de su asombro y de alguna manera me lo transmitió a mí y hoy, curiosamente, leyendo en El País a Eduardo Verdú, me ha venido a la mente esa imagen de mi abuelo asombrado y he comprobado que esto sigue pasando, que Madrid es un lugar donde el exceso de gente es eterno.

Recuerdos de una guerra

Lo ha escrito Teresa y vale para cualquier guerra.

Llegaste como si nada, con un susurro que no pude comprender y entonces, sin explicación alguna, te volviste a ir. Fue la primera de muchas ocasiones.A veces te escondías entre las esquinas de la escuela. Tú evitabas que el rugido y la furia de los morteros me asustasen. Improvisabas muecas y guiños incluso detrás de la maestra, que también fingía que no ocurría nada. Me hacías reír mucho, las carcajadas despistaban a mis compañeros, sin embargo, la profesora no se enfadaba,  bastante tenía con impartir clase mientras el fuego y el  humo resbalaban por las paredes del cielo.

Me gustaría abrazarte en agradecimiento por salvarme tantas veces y lograr que no me alcanzara la metralla, ¡estuvo tan cerca!

Quiero que vuelvas y te quedes, dormirme sobre tus piernas y que me cuentes historias de nuevo. Papá dice que no puedes, llora mientras me explica que estas muerta.

Todos lloran aquí madre, yo también  lloro mucho y  te llamo entre sollozos las noches que no apareces. Luego me calmo y pienso en tus brazos que siempre me han protegido. En que quizás mañana regreses y pueda, por fin, olvidarme de esta guerra.

Teresa Martín Gómez