Cosa hecha puede más que dios

Es una frase que repetía a menudo mi abuela. Y mi abuela era lista, muy lista. Nunca aprendió a leer y escribir, pero en cambio su cabeza funcionaba como una calculadora, hacía cuentas que asombraban a los más leídos del lugar que siempre remataban el asombro diciendo: María, si a ti te hubieran dado estudios por lo menos ministra. Yo estoy convencida de eso. Mi abuela hubiera llegado a lo más alto. La frase en cuestión la oía yo como un soniquete, pero poco a poco fue ganando significado para mí y evitándome mucho sufrimiento, muchos lamentos y mucha ahorro de energía. La tengo como uno de mis diez mandamientos particulares. Me la repito en el momento antes de empezar algún llanto y funciona. Bien es verdad que con ella me viene a la memoria también la apostilla que le ponía mi abuelo por lo bajini: “pero no más que Franco”. Afortunadamente, éste ya no está porque puede que mi abuelo tuviera razón.

El moro

Yo tengo un amigo que conoce a un moro que nunca había visto salir el sol en el mar. Y dice que le preguntaba cada día: pero, sale mojado ¿no? Mi amigo le ha explicado muchas veces que no, que el sol sale sequito. Aún así el moro no se lo cree. Y todavía, a pesar de todo, por las mañanas, se le puede ver allí, al lado del mar,  fijando su mirada de arena en la raya del horizonte y se asombra, y sigue maravillado el ascenso del sol y  espera día tras día ver escurrirse despacito esas gotitas de mar que no logran apagarlo.

Sonetillo

Es soneto nombre que me espanta,
en otros tiempos, digno de la gloria,
hacerme uno pienso con euforia,
a ver si mi moral así levanta.

El motivo hay que buscar si no lo tienes,
y a la musa consultar de once a doce,
porque dejarlo en manos de este goce,
parece cosa fácil y entretiene.

¿A un niño? ¿al mar? ¿a las virtudes?
todo está hecho, y con más gracia,
sólo quiero tener similitudes,
con los grandes poetas, ya en desgracia,
y rimar mis versillos, si no acudes,
inspirándome allí, en la aristocracia.

Bien amueblada

Se referían a la cabeza, y me decían que el tal fulanito la tenía, pero que muy bien amueblada. Y desde luego que sí, después de hablar con él me di cuenta de que en aquella cabeza sólo había, muebles: sillas, mesas, armarios, y hasta algún arcón que desprendía olores rancios, ¿tendría también dentro tocino, chorizo y cosillas de la matanza? Fácilmente. Desde entonces desconfío cuando alguien me dice que la cabeza está bien amueblada, odio la expresión,  porque, claro, por otra parte, ¿cómo mantener los muebles sin polvo, encerados y brillantes? Vamos, que yo creo que donde se ponga una cabeza llena de neuronas de primera calidad, que se quiten los muebles…

Hijo, árbol, ¿libro?

 

Lo aprendimos hace mucho, eran tres cosas que había que hacer en la vida: plantar un árbol, tener un hijo, y escribir un libro. Las dos primeras eran las que todo el mundo podía llevar a cabo sin el mayor problema, la tercera sólo estaba al alcance de los elegidos, de los creadores, de los que tenían acceso al Parnaso u otros montes; pero fíjate como cambian los tiempos, ahora, por múltiples razones, tener un hijo es una aventura en la que muchos no quieren probar suerte, plantar un árbol, ¡qué difícil! hay que pedir mil permisos, a lo mejor no es zona adecuada, hay que preguntar a Europa si se puede o te lo van a arrancar a las primeras de cambio, ¡en fin! que está visto que lo que todo el mundo puede hacer hoy más fácilmente es escribir un libro, y así me estoy encontrando con libros que ha escrito gente que hace bueno aquello de que hasta el más tonto hace un reloj. Habrá que leerlos, aunque dudo que una de sus funciones, la de pasar a sus autores a la posteridad, la vayan a cumplir.
Vamos a intentar lo del hijo, plantad un árbol aunque sea con nocturnidad, pero un respeto a los libros.