Según se va poblando tu mesilla de noche así va tu vida. Cuando tu edad apenas alcanza un cuarto del transcurrir, tu dicha mesilla está desierta y apenas la miras antes de dormirte, pero a medida que tus años entran en las cifras restables y ocultables aquello empieza a quedarse chico: primero es un vaso de agua al que tienes que acudir durante la noche, después los mandos de la “tele”, más tarde una radio por si te despiertas demasiado temprano y te quieres distraer, y ya, el colmo, y síntoma final, una medicina, después dos medicinas y así cuentas y cuentas…, y si el propietario es devoto las cuentas y cuentas pueden ser hasta de un rosario.
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