Resolver

Para los cubanos es un verbo fundamental. Se levantan y salen a la calle a resolver: la comida, el vestido, la salud…, ellos se solucionan lo más importante de la vida, cuando esta vida se ha convertido en lucha por la supervivencia. Es muy afortunada, dicen ellas, las cubanas, la mujer que encuentra un marido “que resuelve”. Y si te pones a pensar, en eso consiste esencialmente la vida, en “ir resolviendo”, resolviendo problemas,  y con esta medida te valoran. El tramo importante, la madurez, lo dedicas a resolver lo tuyo, lo de tus hijos, lo de tus padres y hasta lo de algún vecino desvalido, pero cuando las fuerzas te sientan en un sillón y la cabeza se adormila esperando la mano que te de la medicina, que te resuelva, cuando dejas de conjugar el verbo y a lo más lo sueñes en un futuro imperfecto, has llegado al final del camino. Y afortunado serás si alguien te resuelve algo.

Virus

Entran por todas partes. Y no te creas que se puede luchar contra ellos fácilmente. Tú estas desprevenido, sin tener el antivirus activado de tu intestino y ahí lo tienes, dañino, desconocido, innombrado, resistente y maligno. Te parte tu ritmo de vida. Habrá que decírselo a Panda. Pero no contento con esto, después de destrozarme toda la flora y hasta la fauna intestinal, también se ha colado en mi ordenador, y ahí sí que Panda estaba vigilando, pero ha sido inútil, este ordenador mío ha sido uno de los millones que se han infectado. Y aquí sigue, en mi casa, haciendo estragos, vamos a ver a donde se dirige ahora, porque, desde luego, seguro, seguro, que es el mismo bicho. 

Acoso

Me acuerdo como si fuera ayer, y es hoy cuando me viene a la mente al oír la sentencia que condena a un colegio por permitir, según el juez, el acoso a uno de sus alumnos.  Siempre ha habido acoso en la escuela, porque siempre ha habido y habrá abusones, descerebrados, prepotentes, o simplemente faltos de cariño. 

Hace aquellos cuantos años que había una niña fea como un demonio y mala como otro demonio que no me dejaba parar en la escuela, de forma gratuita, me pegaba, me torturaba y me hacía odioso el amanecer pensando que tenía que encontrármela, pero, para estos casos, no hay nada mejor que una buena abuela. La mía era lista además. Ella se hizo la encontradiza con aquella niña-demonio, cuidó que no la viera nadie y no sé que palabras mágicas le diría (aunque puede que me las figure), que aquella pesadilla desapareció de mi vida para siempre. Fue silencioso, barato y eficaz. Los jueces entonces no estaban tan a mano, aunque el sufrimiento de un niño es siempre el mismo.

La mesilla de noche

Según se va poblando tu mesilla de noche así va tu vida. Cuando tu edad apenas alcanza un cuarto del transcurrir, tu dicha mesilla está desierta y apenas la miras antes de dormirte, pero a medida que tus años entran en las cifras restables y ocultables aquello empieza a quedarse chico: primero es un vaso de agua al que tienes que acudir durante la noche, después los mandos de la “tele”, más tarde una radio por si te despiertas demasiado temprano y te quieres distraer, y ya, el colmo, y síntoma final, una medicina, después dos medicinas y así cuentas y cuentas…, y si el propietario es devoto las cuentas y cuentas pueden ser hasta de un rosario.