Amigos, pero no en el infierno

Miedo me da el que dice que hay que tener amigos hasta en el infierno. Son personas que acostumbran a resolver sus cosas utilizando las puertas de atrás.
Yo no quiero tener amigos en el infierno, mis amigos quiero que todos vayan al cielo y allí encontrármelos, faltaría más.

¿Humildad?

Ahora está de moda ser humilde, pero las monjas de mi colegio siempre lo decían: hay que ser humilde, lo dice sabiamente el evangelio en palabras de Cristo: “el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado”. A mí esto siempre me sonó a monserga de monjas, a religión de Trento, pero es ahora, cuando ya he rodado un poco, cuando lo estoy comprendiendo.
Parecía que esto chocaba frontalmente con las teorías modernas, con acento argentino de la autoestima, que nos vienen a decir que hay que mirarse cada mañana en el espejo y repetirse: soy el mejor. Falso, nada más falso. El que  tiene que ver que eres el mejor es el de enfrente, ese es el que subirá tu autoestima con el reconocimiento de tus méritos, ese reconocimiento social que surge de tus acciones y de la percepción por los otros, pero que tú no deberías saber que en realidad los tienes. Complicado. No nos gusta ver a nadie que se encumbra solo, queremos empujar los demás para ayudarle a subir, pero ojo, una vez arriba, sigue humilde, porque con la misma facilidad que te suben te despeñan.
Y esto lo han aprendido muchos, porque hay que ver como van por la vida de humildes los más renombrados, pero cuidado, esa es la falsa humildad, y eso merece capítulo aparte.

Purificar palabras

Se las pone en cuarentena, porque se vician, se contagian de aquello a lo que representan, pero bien es verdad que, una vez pasado el proceso de catarsis, las recuperamos y las hacemos valer con más fuerza, las volvemos a dar el lugar que tuvieron, incluso empleándolas con afán reivindicativo.
Se me ocurre como ejemplo la palabra maestro. En un tiempo profesión muy respetada y útil socialmente. Llegaron después malos tiempos para la cultura y el saber y el maestro se convirtió en sospechoso, ganaba poco y como consecuencia socialmente no brillaba. Cualquiera hacía una “carrerita” de maestro con poco esfuerzo intelectual. Así las cosas, la palabra fiel acompañante de la persona fue perdiendo lustre, nadie quería ser maestro, todos querían que les llamaran profesor. Hasta ahí, hasta hace unos años que hemos rescatado la palabra, la hemos sacado brillo, hemos echado mano de su etimología y, venga, otra vez a cumplir su función: enseñar, instruir, ser modelo…, a ver si puede ser.

Negrito Light

Mira que yo quería que ganara Obama, pero nada más que lo he visto, me ha vuelto aquella parte rebelde de la infancia que me ponía de parte de los indios en las películas, y empiezo a ver a Obama como un Negrito Light, inconsistente, nieto de abuelita rica, con familia que parece de atrezzo, con lágrimas de glicerina, y abatible como tartita de chocolate. Ya, de haber ganado, y haber convertido la White House en Black House, qué buena falta hacía, por lo menos, que  hubiera sido alguien con la planta de Kunta Kinte.