Dios verdadero

Yo, desde que sé que Maradona es dios, vivo mucho mas tranquila. Donde va a parar, del dios de la túnica y las barbas con el triángulo en la cabeza, todo el día amenazando con el infierno, a éste con pantalón cortito y camiseta de rayas azulitas, que va y viene a Cuba, que engorda y adelgaza a nuestra imagen y semejanza… Este dios no te la puede liar de ninguna manera. Además del otro decíamos: el padre es dios, el hijo es dios, y el espíritu santo es dios, demasiadas divinidades. Y ahora, nada, sólo Maradona es Dios.  Y además me han dicho que tiene un amigo al que le sobra el petróleo, y eso, ahora mismo, es una garantía para seguir siendo Dios.

El Sistema

Mira que  me gusta cuando oigo a alguien echar la culpa del error fatal al sistema. Es frecuente y además suena siempre interesante, parece que el que lo dice es persona enterada, pero que muy enterada. Me deslumbran. Por el maldito sistema, hoy he oído que falló la no sé que secretaria judicial del juzgado de Sevilla;  por el mismo fallo del sistema hay fracaso escolar;  por el sistema hay errores médicos, ¡faltaría más!; por ese nefasto sistema hay accidentes de circulación. Yo estoy deseando que las amas de casa que cocinan, que planchan, que rompen algo al limpiar el polvo, monten en cólera y cuando alguien les haga el más mínimo reproche al respecto, echen la culpa ¡AL SISTEMA!

Zapatero

Yo tengo unas zapatillas sólo para estar en los hospitales. Es importante ponerte siempre las mismas y sólo para eso, y tienen que ser leves y bonitas. En los hospitales hay que andar en silencio y casi sin plantar, puesto que el suelo ya está plantado de cosillas sueltas. Tengo otros zapatos exclusivamente para caminar, para caminar quemando malas energías que sobran en el cuerpo, éstos tienen que ser fuertes y dispuestos a enfrentarse hasta con las malas hierbas. Ellos te llevan solos. Tengo mis “merceditas”, son fijaciones de mi infancia, cómodos y recordándote cosas a cada momento. Ellos saben mucho de mí. Mis tacones también están ahí. Ellos son los que te elevan, te ponen un punto por encima de las demás, te transforman y te balancean en las alturas. Con ellos te lo crees. Y los que más me gustan y, al mismo tiempo, más me inquietan, y cada vez uso con más frecuencia, son mis zapatos rojos, los que me pongo cuando tengo que andar con pies de plomo.

Viejecitos de colores

Me fascinaban. Cuando yo tenía como ocho años, ¿es posible tener un número de años de un solo dígito? No sé. Pues yo veía en nuestras ciudades turísticas, eso, viejos que, en autocares verdes y rojos, venían de Alemania, de Francia, de no se sabe donde, unos viejos que eran de colores, que tenían pantalón corto clarito, pelos rubios bien amarillitos, flores en las faldas, piernas y sandalillas al aire, y yo abría ojos como platos para empaparme de aquello, porque yo, después volvía a mi pueblo y allí estaban: la tía Petra, el tío Eugenio, la Eladia, todos, grises, con pañuelos bien anudados,  todos negros y una gotita blancos, como el NODO, eso era la tristeza, la España postguerrera, la melancolía…, pero mira que ahora, principalmente, veo yo en eso que hemos ido a más: nuestro viejos ya empiezan a ser de colores.