Es lo que tiene el fútbol, de una patada ha hecho que todos queramos ser rojos, que nos reunamos en familia, y que estemos buscando en “los chinos” banderas de España con su correspondiente “torito” para envolvernos a pesar de los cuarenta grados. ¡Quién lo iba a decir! Qué salgan las banderas que hacen a la gente sentirse orgullosas de pertenecer a una colectividad y que hemos tenido guardadas con pudor por recordarnos tiempos en los que esta bandera tapaba todo.
Hace tan poco que aún puedo verlo, la única Roja que podía alardear del nombre era La Pasionaria y no todo el mundo la quería, más bien la quería media España que encima no podía decirlo, a ésta la quiere España entera si dejamos fuera, claro está, al tonto de guardia que no falta, que hubiera preferido que ganara Turquía, y al otro compañero, periférico también, que apostaba por Rusia, pero parece que ciertas cosas se están poniendo en su sitio y ese sitio es de privilegio.
Suena a lo que significa, se usa siempre en plural, arrastra un ruido de chatarra, platos de aluminio abollados, olor a ropa vieja mil veces puesta y pocas lavada. Es palabra procedente del quechua kachárpa que significa ‘trebejos, utensilios sin valor’. En el Río de la Plata se usa para designar el conjunto formado por la ropa y enseres personales de los pobres, ‘Cacharpero’ es la persona que vende o negocia con cacharpas.
Hilario Ascasubi (1807-1875), citado por Jorge Luis Borges, la utiliza en este panfleto:
Entretanto en los barriales
de Palermo, amontonaos,
casi todos sin camisa,
estaban sus entrerrianos
como él dice, miserables,
comiendo terneros flacos
y vendiendo las cacharpas,
cacharpas…
Me ha fascinado la palabra, eso es sencillamente lo que me ha llevado a ponerla aquí
Capacidad de la mente de transformar lo poco en mucho, lo mediocre en grandioso, lo feo en hermoso, lo aburrido en excitante. Esa capacidad es la que nos hace sobrevivir, impulsar la vida. Y eso se conjuga siempre en pretérito perfecto simple, dando, además, a estas tres palabras su verdadero significado, sobre todo el de simple.
La vida es ensoñación, la vida es un cuando: “cuando yo era niño, cuando yo iba a la escuela, cuando tuve aquel gran amor, cuando los amigos éramos de verdad, cuando yo podía comer de todo, cuando el Corte Inglés funcionaba bien…, un cuando que enlaza con un ahora, un ahora que nunca gusta, que siempre decepciona, que rezuma insatisfacción, pero que mañana mismo lo convertiremos en un cuando.
Me quedaba yo, en mi pupitre de la escuela, incómodo y resbaloso, horas y horas abstraída pensando aquello: “líneas paralelas son aquellas que por mucho que se prolonguen nunca llegan a encontrarse”. Me atormentaba. No podía comprenderlo porque la palabra nunca me resultaba inabarcable, yo siempre me decía: alguna vez se encontrarán, pero no, ya he comprendido que no, que nunca se encontrarán, y me ha costado algunos años, es lo que tiene vivir, que terminas aprendiendo algo. Líneas paralelas son algunas personas que conviven: parejas, amigos, familia, compañeros, que van siempre juntitas, caminando al compás, compartiendo los días, pero son líneas paralelas, por mucho que se prolonguen sus vidas, nunca llegarán a encontrarse.
Parece que se está apagando el fuego de los fogones. Acaban los ataques entre sí de los “cocineros artistas”, cocineras las mujeres, pero artistas ellos, nadie como los hombres para encumbrarse a la gloria.
Nuestra buena cocina se gestó en tiempos de hambre, aguzando el ingenio, cuando solamente había una raspita de bacalao y unas patatas que con unos cominitos y un ajo hacían un guiso bien sabroso; un poco de pan duro y cosillas de la matanza, para unas migas; unos pollos en el corral y una caza que había que aprovechar en su momento. Aquello si que era arte: dar de comer a una caterva, que hubiera para todos, que costara poco y que estuviera bueno.
Así podíamos ir dando la vuelta a una gastronomía que no ha sido superada sino sólo modificada y estropeada en muchos casos, con experimentos tan crueles como ponerle mermelada de pera a un estofado de perdiz.
Esta cocina que hoy es la admiración y el deleite de los que nos visitan, la pusieron en marcha aquellas abuelas nuestras que con los huevos de sus gallinitas, las patatas de la huerta de su vecina y el buen aceite del molino de su pueblo hacían una tortilla que no se merece los atentados que ha sufrido para llegar a su deconstrucción. ¿Seguid avanzando en la cocina?, quien duda que hay que hacerlo, pero, por favor, lo que funciona no lo toquéis, dejad la tortilla en paz, y los platos, redondos y bien llenos.