Vino de Marruecos a la llamada de los que ya estaban aquí. Tiene dieciocho años, es listo, es un guaperas, tiene un aire de jequecillo desafiante a lo Omar Sharif en Lawrence de Arabia, parece incluso europeo, muy lucido. Se ha echado una novia un poco moderna, de las de tripa al aire y pocos prejuicios que le trae y que le lleva por la calle la amargura. Así parece Hassan, pero hay que hablar con él, cuando se puede claro, nunca se entrega, y entonces vas descubriendo lo que hay dentro de su cabeza: cinco rezos diarios, un velo que le pondrá a la chica moderna si se casa con ella, una sonrisa de superioridad y algún desprecio cuando habla de otras religiones, la certeza de que estamos ante el fin del mundo, convencimiento absoluto de estar en posesión de la verdad, bastante menosprecio hacia las mujeres, curiosidad desde su atalaya, miedo cuando oye la palabra “moro”. Yo le veo todos los días, hablo con él, yo le doy clase, porque él quiere prosperar, ya he dicho que es listo y decidido, pero me produce cierto miedo, aunque bien es verdad que, cuando me paro a pensarlo, me siento más tranquila porque, en el fondo, todo esto que tiene en la cabeza Hassan me traslada a mi infancia, por otra parte, no muy lejana.
Extraña pareja. Él cortesano y a la sombra del poder. Ella en su Villa y a sus cosas. Él caballero de una reina poderosa. Ella incondicional del Santísimo Sacramento. Él ausente de sus deberes familiares. Ella cobijaba bajo su sombra. Ella inteligente, noble, vital. Ella ayudó a todos, apoyó el arte y la cultura, fue mecenas. Él fue a la guerra. Él reconocido en la Historia. Ella en su Villa. Él tenía amigos poderosos. Ella menesterosos a su puerta. Él, hombre, todo a favor. Ella, mujer, el mundo en contra. Hasta para alabarla la llamaron Loca. La voz de él se oía en la Corte. Ella era callada y trabajaba para el bien. Yo voto por ella. Aún, sin Dios, sería santa.
Doña Teresa Enríquez y Don Gutierre de Cárdenas. Torrijos
Es el relato con el que Teresa ha ganado un premio. Enhorabuena.
Teresa Martín Gómez
Pensé que volvería pronto. En mi pueblo, aún hoy, creen que a mi regreso todo serán regalos y buenas noticias. -El que consigue llegar se hace rico y trae la abundancia a su familia –decían. Todos conocíamos a alguien que había ganado dinero en Europa y a su regreso, era aclamado como un héroe. Soy la mayor de tres hermanas, debido a la ausencia de varones mi padre y mi tío decidieron que yo viajaría. Hicieron grandes esfuerzos, pidieron muchos favores y entregaron uno de sus cerdos; así conseguí un sitio en la embarcación que me traería a España. La noche en que abandoné mi tierra no pude mirar hacia delante, tenía los ojos clavados en el paisaje que me había visto crecer, en la playa de mi niñez, en mi pueblo al que la oscuridad iba engullendo rápidamente. Todavía hay muchas noches en las que sueño con mi llegada a la costa española, el rescate y los gritos de los que perdimos. Hubiera sido mejor perecer entonces. Yo sobreviví. Llegué a la tierra prometida, a la abundancia, al progreso. ¡Qué ironía!. Llevo ya diez años en España y vivo en este destierro cubierta de asco y vergüenza. -África -Les digo a los clientes mientras rutinariamente desabrocho mi blusa. Me bauticé así en honor a mis orígenes, con la esperanza de regresar algún día y dejar aquí la rabia y la vergüenza. -África, como mi tierra –repito mientras sueño que este cliente sea el último y quede, por fin, saldada mi deuda.
Hasta que no tuve unos cuantos años no comprendí que la Mampena que tanto me había aterrorizado de pequeña era “el alma en pena”. Era el cuento que, cayendo en un masoquismo cierto, le pedía a mi abuelo que me contara una y otra vez. Aún recuerdo a mi abuelo con su gorrilla gris y su blusa haciendo juego sin pretenderlo, su infinita paciencia para repetir cuentos, porque él, sin duda, sabía que esto, junto con dar religiosamente la paga del domingo, hace que se recuerde a un buen abuelo. Nos sentábamos a la lumbre del invierno, sin prisa, entonces no existía, y mientras asábamos patatas en el rescoldo, conmigo en sus rodillas, y yo mirándole sin perder ripio, al tiempo que sacaba su tabaco y su librillo, como el abuelo de Víctor Manuel, me contaba que por la noche, en la iglesia, cuando ya todas las buenas gentes dormían después de duro trabajo, bajaba la Mampena, arrastrando cadenas y recorriendo la penumbra se iba bebiendo con deleite el aceite de las lámparas que, tenuemente, mantenían la iglesia lejos de la total oscuridad. ¡Qué miedo! Yo era incapaz de poner cara a ese ser, para mí blanquecino, difuso, perverso. Menos mal que el cuento acababa cuando los mozos del pueblo, valientes, “atrepaos”, hartos de las incursiones de la maldita Mampena, salían a su captura, y cómo no, acababan con ella, y arrastrándola con un soga por el medio de las calles del pueblo la ponían a la vista de todas las buenas gentes que ya desde entonces volvieron a dormir noches tranquilas.