Andar a la greña
Es armar discusión, contienda, pelea.
Las greñas, masa de cabellos revuelta y mal compuesta. De aquí, andar a la greña que alude a las riñas y peleas, sobre todo, entre mujeres, porque al pelo se dirigen éstas para hacer presa cuando regañan; pero no se sabe por qué extraña razón, esta expresión se ha convertido en andar a la gresca, seguramente porque tiene así un sentido de más fácil compresión para la mayoría de los usuarios de la lengua. Es muy utilizada por periodistas de prensa del ¿corazón?, puesto que se mueven en un mundillo donde a la greña andan, y donde los profesionales del medio de la greña viven, y a los que sacándoles de greña o gresca pedirles exquisitez en el lenguaje es tarea vana.
No toquéis, pues, los dichos, porque bien está quien está en el candelero y quedaría inestable en el candelabro.
Vereda quieta,
camino largo,
entre la jara fantaseando.
Qué viene el río
tras la arboleda.
Llanto bravío.
Viniendo tarda,
llegando espera.
Cuánta espumita
sobre la arena.
Son de mañana
que suena y suena.
Hacia la tarde
ya se serena.
Ya se nos duerme.
Entre los chopos lloriqueando,
siente que siente.
María
Los versos nacen, absolutos, de la ausencia
de la soledad que vomita letras
en busca de compañía.
El vacío de lo oscuro es un poema
en si mismo.
En instantes que no dejan
mas que un rastro de luz.
Este poema no es una fila de versos,
es un abismo,
una puerta a la nada.
Un ateísmo absoluto al color.
Porque al principio y al final
todo vuelve a ser oscuro.
Como la ausencia,
como la nada,
Como el todo.
Teresa Martín Gómez
El Malacatán. Era indescriptible ¿alguien sabe lo qué es? Yo tenía cinco años, seis…, pero cuando me contaban el cuento del Malacatán yo me iba encogiendo, encogiendo hasta casi meterme debajo de la gorra de mi abuelo.
Eran unos cuentos terribles, de miedo, de mucho miedo, ¿y el trauma? No sé, seguro que existe. Estos cuentos nos ponían en contacto con el mundo de las emociones exageradas, era miedo del de verdad, de seres irreales como el Malacatán, seres de ultratumba como la Mampena o aquello verdaderamente horrible de la “Asaura ura que me quitaste de la sepultura”. Hay que irlos contando. Que no se pierdan. Que pervivan junto a la Caperucita, menuda niña, Pulgarcito, qué mira que era torpe, Garbancito, Periquito Tragapepes, que por cierto era de Yepes, y que venían a poner orden en los estragos que hacían los cuentos de miedo en nuestro peculiar mundo infantil.
Odio la frase: “la vida pone a cada uno en su sitio”. Nada más falso. La vida va borrando, y al final pone a muchos en sitios que no les corresponden. La memoria es mala, la necesidad de guardar lo bueno es mucha, y todo unido hace que coloquemos a personas que han sido canallas, simples, borrachas, desalmadas, en lugares dulces, de disculpa, de “después de todo”… Es por eso triste recordar nítidamente y querer sentar bien los recuerdos. Tú serás ahí el malvado que quiere manchar memorias. Todo ha pasado, todo se perdona. ¿Es bueno? Puede, seguro que sí, pero la vida no pone a cada uno en su sitio, la vida siempre pone a los peores en un sitio infinitamente mejor que el que se merecían.
Estaba yo esta mañana, eso, escuchando a Felipe, González, por supuesto, Cadena Ser “A vivir que son dos días” y sentía esa nostalgia del talento pasado, del encanto de la palabra, del poder de la seducción, de la maravillosa ironía, ironía con la que se refería a Aznar al que decía que vio en la cena del Rey muy contento, extremadamente eufórico, (¿será por la Botella?), en definitiva, por mirar hacia nuestros políticos ahora y ver el vacío, la simpleza, y sentir el vértigo de no saber hacia dónde vamos, puede que hacia la gran GARIPOTAINA, todo junto y además revuelto.
Espero que, según se está acabando el era del plato cuadrado (Eduardo Verdú Madrid (EL PAIS - 11-12-2007), se acabe la de los entendidos en vino. Todos tenemos un amigo que “sabe de vinos”, que las uvas que ha visto más cerca son las que se ha venido comiendo en Nochevieja y alguna pasa de vez en cuando, pero él ha hecho un cursillo, tiene una revista gastronómica sobre la mesa de su salón, y coge su todoterreno y se va a la Ribera del Duero a por unas cajas de vino que ha leído en el El País de los Vinos que es el no va más. Se lo trae y nos lo cuenta. Y nos lo enseña. Y en las cenas se convierte en el pontífice del vino, y nos deslumbra con su saber. Yo os propongo una prueba: ponedle dentro de una botella vacía de un gran reserva el contenido de un cartón de vinillo peleón. El catavinos, ni flores.
Cómo explicar la palabra, si ni siquiera sé el origen. Hay que investigarlo. Tiene ritmo. Cosa del diptongo. Alegría y apertura que le dan las tres aes. Las íes su punto de sonrisa y la o la seriedad necesaria para tenerla en cuenta.
Se entenderá fácilmente aplicada a situaciones:
Madre entrando en habitación de hijo adolescente: ¡menuda garipotaina!
Si alguien te pide que hagas un postre complicado: otro día, porque se forma una garipotaina en la cocina…
Mesa de trabajo de persona desordenada: tremenda garipotaina.
Podemos definirla, pues como:
“lío, desorden, mezcolanza, pero siempre en un marco de cariño”
En este blog siempre habrá garipotaina, es un blog de todo junto, pero velaremos para que nunca esté revuelto.